En 1977, el «Jesús de Nazaret» de Franco Zeffirelli parpadeó por primera vez en las pantallas. Para el actor británico Robert Powell, el papel protagonista supuso mucho más que un simple trabajo, tal como explicó en el Festival IGS de Rímini-Riccione en el legendario teatro Fulgor. El personaje se le quedó grabado a fuego. Casi medio siglo después, millones de personas siguen sin asociar el rostro del Jesús histórico al arte sacro acumulado durante siglos, sino a los marcados rasgos de Powell.
En un principio, la lista de Zeffirelli barajaba nombres completamente distintos. En 1974, la producción buscaba intérpretes y pensó en grandes estrellas de Hollywood como Robert De Niro, Al Pacino o Dustin Hoffman. Sin embargo, la idea naufragó precisamente por esa misma notoriedad. Los actores tenían demasiada personalidad artística. Más tarde, Zeffirelli y Powell comprendieron que nadie habría visto al Mesías en aquellos rostros tan inconfundibles: en la pantalla habrían seguido siendo Pacino u Hoffman.
La solución residió en una reducción radical. Powell y Zeffirelli decidieron no «actuar» el papel. Sin profundidad psicológica ni interpretaciones rebuscadas. Powell aportó únicamente los cimientos: su voz, su presencia, sumadas al peinado y al maquillaje. El planteamiento era tan sencillo como efectivo, ya que cada ser humano alberga su propia imagen mental de Jesús. Si Powell hubiera intentado estampar su sello interpretativo en el personaje, habría destruido esas proyecciones individuales. Al replegarse por completo, se convirtió en una pantalla en blanco. El público rellenó el vacío por sí mismo.

En la práctica, el rodaje exigió el máximo esfuerzo al equipo. Durante cinco meses filmaron en Marruecos y en la ciudad tunecina de Monastir bajo condiciones extremas. Zeffirelli trabajaba con una obsesión milimétrica por el detalle, exigiendo incluso que el vestuario se tiñera exclusivamente con tintes orgánicos. Para el equipo esto se tradujo en una alimentación escasa, esperas interminables hasta dar con la luz solar idónea y un agotamiento absoluto.
A pesar de los sufrimientos, hubo instantes en el plató que dejaron a Powell sin saber cómo reaccionar. Cuando le tocó rodar el Sermón del Monte, un plano secuencia continua de ocho minutos, advirtió mientras hablaba cómo su voz resonaba por las colinas tunecinas. Los miles de figurantes lo miraban en absoluto silencio y, tras las cámaras, los miembros del equipo rompieron a llorar. Powell relató más tarde que en esas situaciones experimentó la sensación de recibir una ayuda inesperada. Ya no estaba solo allá arriba.
La profundidad con la que el rostro de Powell se ha grabado a fuego en la memoria colectiva se manifiesta todavía hoy en encuentros surrealistas. En Venezuela, unos compañeros de profesión italianos descubrieron años después, en plena Semana Santa, un gigantesco retrato del actor situado directamente tras el altar de una iglesia. Asimismo, vio en la prensa una fotografía del sonriente papa Juan Pablo II al recibir en Roma un icono de Jesús que exhibía de forma inconfundible los rasgos de Powell.


