Bruno Gouery: «Rechazar el humor suele ser rechazar la autocrítica»

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Se le conoce por su papel de Luc en Emily in Paris, pero Bruno Gouery es ante todo un hombre de teatro que pasó por Molière y los grandes papeles cómicos clásicos antes de dar el salto a los sets internacionales. En esta entrevista, concedida en el marco del Festival IGS de Rímini-Riccione, el actor habla de humanidad, inteligencia artificial, de lo que las redes sociales le hacen a la verdad y de lo que aprende un intérprete cuando deja de juzgar a sus personajes.

Trabajas en varios idiomas (francés, italiano, inglés) y a menudo encarnas nacionalidades que no son la tuya. ¿Cambia eso la personalidad que te transmites a un personaje?

Es evidente que el idioma modifica la percepción y la forma de actuar. Lo curioso de mi trayectoria actual es que muy a menudo me dan papeles de francés en series estadounidenses, de italiano en series estadounidenses o francesas, o de estadounidense en series francesas. Incluso interpreté a Leonardo da Vinci en una serie francesa en la que tenía que poner acento italiano. Así que cada vez toca adaptar la manera de encarnar al personaje en función de su lengua y de su acento. Y he descubierto algo: cuando hablo inglés, como no soy completamente bilingüe, hay matices que se me escapan y no fuerzo un acento que no tengo. Eso me otorga un dejo particular que a menudo aporta muchísima naturalidad, porque no está forzado.

 

Precisamente, trabajando por toda Europa, ¿sientes que existe una cultura o un humor común que nos une?

Tenemos un montón de diferencias entre franceses, italianos, alemanes o españoles, pero me gusta pensar que las grandes corrientes artísticas, la música, la literatura y el cine nos unen. Y lo que me aportó Emily in Paris fue darme cuenta de que el humor tiene una vocación aún más amplia: puede llegar a emocionar y hacer reír a personas de todo el mundo, desde Australia hasta Japón, pasando por Arabia Saudí y Argentina. En cuanto a los estereotipos sobre Francia que aparecen en la serie, solo funcionan si se sustentan en una base de verdad. Los franceses los tacharon de tópicos, pero el resto del mundo nos reconoce así. Estos estereotipos no son meras críticas: también ensalzan una cierta ligereza de vida y una relación con el trabajo menos obsesiva que en Estados Unidos. Me encanta jugar con eso.

 

A menudo interpretas a personajes marcados por el humor, un humor que puede unir, pero también excluir. ¿Dónde sitúas personalmente el límite entre la sátira y el respeto?

Es una cuestión complicada porque apela a la apertura de mente y a la tolerancia de cada cual, y no todos tenemos el mismo umbral. Para algunos, el humor es como un idioma extranjero. A mí, en cambio, me encanta la sátira. Me gusta Molière, me gusta la comedia a la italiana, me gusta Don Quijote. Hay una frase latina, castigat ridendo mores: corregir las costumbres riendo. Es fundamental aceptar la burla y la sátira porque nos hace crecer y evolucionar. Por lo general, rechazar el humor o sentirse ofendido equivale a rechazar el progreso y negarse a hacer autocrítica. Además, todos tenemos nuestros tabús, y no coinciden: la familia para unos, la religión para otros y la política para muchos más.

 

Has comentado que valoras especialmente la empatía. ¿Es una cualidad infravalorada en la sociedad actual?

Ay, sí, por supuesto: la empatía y la benevolencia. Tuve un mentor, un gran maestro de escena y célebre actor francés llamado Michel Galabru, que fue la persona más empática y tolerante que he conocido en toda mi vida. Su talante nos enseñaba que, al preparar un personaje, jamás debemos juzgarlo desde un punto de vista moral. Hay que ponerse en su piel y defenderlo. Y cuando te pones en el lugar de personajes tan diversos, la mente se abre y el mundo se ve de otra manera. Por eso los actores de teatro que han abordado roles de Molière o Shakespeare, avaros, hipocondríacos, celosos, suelen desarrollar esa capacidad: los comprendes desde dentro. Para un actor, eso es primordial. Es también lo que permite dotar de vulnerabilidad a un personaje cómico. A menudo, la gente oculta sus defectos por miedo al ridículo.

«Tipos como Luc están llenos de imperfecciones, pero al aceptar mostrarlas se vuelven entrañables en su fragilidad, y eso es precisamente lo que hace que el público les coja cariño.»

 

¿Crees que el arte tiene la responsabilidad de posicionarse ante los grandes problemas sociales o puede limitarse a entretener?

Pienso que mi oficio consiste ante todo en entretener, de verdad. Me encantaría creer que podemos transformar la sociedad y las costumbres, pero soy consciente de que eso está al alcance de muy pocos. Voy a mencionar mucho a Molière en esta conversación, pero hay infinidad de cosas que él denunciaba y que no han cambiado, porque el ser humano evoluciona, pero en su esencia sigue siendo muy parecido. Por eso existen los clásicos: obras atemporales que retratan las debilidades humanas tanto en el siglo XIV como en el XXII. No creo que el arte tenga otra vocación que no sea el entretenimiento. Pero cuando hablo de entretenimiento, este puede ser tan profundo como el ensueño, la emancipación o cuestiones de índole muy personal. El problema empieza cuando el arte se politiza.

 

¿Qué deriva de nuestra sociedad te preocupa más hoy en día?

Para ser sincero, la inteligencia artificial me da bastante vértigo. Por un lado, tiene aspectos formidables, pero me inquieta. Reconozco que es un avance revolucionario y brillante, lo digo porque impresiona ver de lo que es capaz. Y para mi profesión de actor supone un peligro real. Me gustaría pensar que siempre le faltará esa chispa de creatividad e innovación genuinas, pero aun así me preocupa. Creo que la gente va a delegar cada vez más su cerebro en una máquina y se esforzará menos en pensar por sí misma.

¿Qué será de alguien que, dentro de tres o cuatro generaciones, no haya ejercitado el cerebro ni una sola vez desde la infancia?»

 

¿Sientes la presión de tener que exponerlo todo sobre tu vida en las redes sociales?

Sí, las redes sociales ejercen mucha presión. Si uno las utiliza de forma literal, mostrando supuestamente quién es y pretendiendo demostrarlo todo, entra en un terreno muy peligroso. Hay que saber distanciar la propia imagen a pesar de todo. Hoy en día cualquier cosa se toma al pie de la letra, como si fuera la verdad absoluta. Eso no es así ni debe ser así. La verdad debe reservarse para el círculo de personas a las que quieres y que comparten de verdad tu día a día. Uno no puede entregarse a cualquiera de esa manera; es peligroso.

Una última pregunta: ¿qué papel ha desempeñado el fracaso en tu trayectoria?

El fracaso nos obliga a hacernos más fuertes. La comodidad puede ser un peligro enorme. La esencia del trabajo consiste en inculcar a la gente que solo a través del esfuerzo se llega a ser alguien, en cualquier disciplina. En el teatro, si no te estudias un texto, no puedes interpretarlo. Exige estudio, técnica corporal y colocación de la voz. Es a base de tropiezos como uno va mejorando. Esa cultura del esfuerzo también me la inculcó el deporte: practiqué mucho fútbol y comprendí que puedes tener una técnica excelente, pero que si no corres y no le dedicas horas al entrenamiento, jamás serás un buen futbolista. Y el esfuerzo es precisamente aquello de lo que la inteligencia artificial pretende prescindir. Nos quita la necesidad de esforzarnos, y el esfuerzo es indispensable.

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