Una película al día #148: “Enterrado” (2010)

Alfred presenta

Paul Conroy (Ryan Reynolds) abre los ojos, pero sigue oscuro. A él no lo vemos, pero lo escuchamos respirar agitado. Se mueve en la oscuridad, se golpea, parece girar, esforzarse en buscar y sacar algo de lo que imaginamos es el bolsillo de su pantalón. Prende un encendedor y además de verlo por primera vez, ahora conocemos su  gran problema: está dentro de un ataúd, bajo tierra. ¿Cómo llegó y por qué esta ahí?. Gajes de ir a trabajar a un país invadido interesadamente y de forma violenta por el suyo, señor Conroy: nuestro protagonista –y el único personaje que veremos- es un camionero subcontratista que trabaja para el ejército norteamericano en Iraq.

No pudo ser más apropiado ir a ver esta película solo unas cuantas semanas atrás. Sentado en un cine casi vacío, estaba rodeado por la oscuridad. La película ya se despedía de la cartelera y durante sus 95 minutos, de forma francamente osada -y por suerte exitosa- la pantalla sólo necesitó mostrarme este rústico ataúd de madera, un celular al que se le acabará la batería pronto –que tiene la mejor señal del mundo y por el que escucharemos diferentes interlocutores que tampoco veremos- el mencionado encendedor junto a otros objetos menores, y al corajudo actor Ryan Reynolds en un papel que no tomaría cualquiera, para desbordar mi imaginación. Que puedo decir, me atraen estos desafíos conceptuales limitados a un marco espacio/temporal muy concreto: cuando todo ocurre en un solo espacio y en tiempo real, a veces en un sólo y prodigioso plano secuencia. Porque cuando resultan, no puedo evitar sonreír.

Rodrigo Cortés y Ryan Reynolds.

¿Cómo lo estamos pasando en el set Ryan?

Reynolds, por el que yo no daba ni medio peso fuera del mundo de sus recurrentes papeles cómico/románticos, actúa-vive convincentemente desesperado (él mismo confesó que estar diez días completos encerrado en un ataúd produce efectivamente una ligera crisis) en el proyecto con el que se embarcó junto al director español Rodrigo Cortés, nominado al Goya 2011 por este trabajo. Juntos logran un difícil acto de equilibro audiovisual y  limitados a un conjunto de reglas rigurosas que ellos mismos se imponen, prueban que mientras más limitados son estos conjuntos, casi siempre es cuando más airoso se puede salir. La primera regla es no salir jamás del mundo del ataúd: nada de flashbacks, cortes a los interlocutores al otro lado del teléfono, operacioens de rescate, alucinaciones, etc. Esto es aquí, ahora y la única compañía de un hombre enterrado serán sus angustiado espectadores. El resto es sonido: la imagen más interesante que podemos ver es la que inventaremos nosotros mismos en la penumbra. La segunda regla es el tiempo real: esto transcurrirá hasta que Conroy viva o muera: logre salir de la caja o muera atrapado seis pies bajo tierra. Todo esto, por querer ganarse la vida trabajando en un país que obviamente no lo quiere ahí y que no lo diferencia realmente de sus compatriotas anglo parlantes de la bandera de las rayas y estrellas, de los hombres que sí portan armas y que no manejan camiones con materiales sino que tanques con muerte. Lo que Conroy no se da cuenta, hasta que es demasiado tarde, es que el sólo hecho de estar presente en ese país es violencia suficiente para muchos de sus habitantes.

Paul Conroy

Yeah, you’re a terrorist, you son of a bitch.

Jabir

You terrified, so I’m terrorist…

¿Quién es Paul y qué es capaz de hacer para salvarse? ¿Quién lo enterró y que quiere a cambio para sacarlo? ¿Si tú despiertas enterrado y tienes noventa minutos y un celular, qué harías, a quién llamas primero y a quién al final? ¿Existe realmente alguna forma en que Conroy –y nosotros, los testigos de su tortura- podamos volver a ver la luz?. Las preguntas se suceden en un guión de suspense bien estructurado que sabe cuando hay que apretar el acelerador y cuando el freno.

Enterrado (Buried) es un thriller Hitchcockiano para relamerse los labios soñando con un guión tanto o más dinámico que este, con diálogos tan efectivos como los presentes pero con un subtexto y una complejidad superior que otorguen más trascendencia esta experiencia de visionado, a soñar con un actor tan valiente, energético y lúcido como Reynolds, pero con un rango aún más amplio que nos permita sentir más fuerte el latido de su corazón y el pulso de una mente a la que no la quedan muchas estrategias para sobrevivir. Con la dirección de Cortés eso sí, no hay que soñar, sino que aplaudir: a este español hay que seguirle el paso.

Hipnótica, por decir lo menos.

 

El afiche al estilo Saul Bass (Vertigo, de Hitchcock)

 

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