A finales de junio del 2025, Rímini-Riccione se convirtió en epicentro de historias en movimiento. Allí se celebró la primera edición del Italian Global Series Festival, y no fue solo un traslado de Roma al Adriático: era regresar al lugar donde Federico Fellini creció y comenzó a soñar sus universos visuales. Su ciudad natal se transformó en un puente entre dos mundos: la cinematografía que él marcó y el futuro de las series, que hoy redefine la narrativa a nivel global.
Para Marco Spagnoli, director del festival, este encuentro entre pasado y futuro no tiene nada de nostalgia. Fellini y las series no son opuestos; son continuidad. Ambos muestran cómo las imágenes moldean nuestro imaginario colectivo. Spagnoli recuerda Fellini – A Director’s Notebook (1969), una obra híbrida para la televisión estadounidense, entre diario, ficción y autorreflexión. Allí ya se percibía que Fellini no solo aceptaba la narrativa seriada: la expandía con su creatividad inconfundible. Mujeres fuertes, personajes excéntricos, un surrealismo poético. Fellini no habría observado el relato digital con distancia, sino con fascinación.
«Él no solo habría aceptado las series, las habría abrazado», dice Spagnoli. Con su mezcla de excentricidad, emoción y poesía, quizá nos habría mostrado lo surreal que puede ser el streaming. Las series, para él, no son un invento reciente, sino parte de una larga tradición que juega con el tiempo y la memoria.

Spagnoli, que lo conoció personalmente, habla de un talento único para encontrarse con lo inesperado. Fellini vivía abierto a personas, lugares e historias. Lo recuerda paseando por los estudios de la RAI o a través de anécdotas en su restaurante favorito, el ‘59’, donde solía dibujar en los manteles que luego se lavaban, borrando sin querer los trazos de un genio desbordante. Una noche, Spagnoli lo cruzó solo en la calle. Al preguntarle si todo iba bien, Fellini respondió tranquilo:
Estoy esperando a la policía».
No por necesidad, sino porque un comisario amigo lo llevaba a recorrer Roma de madrugada. De esos paseos, de esas conversaciones y encuentros, nacía la imaginación que luego plasmaba en sus películas.
Desde allí, Spagnoli tiende un puente hasta nuestro presente. Las series no son mero entretenimiento; son lugares donde la memoria se guarda y se transforma. Igual que el cine y la televisión dieron forma al imaginario cultural italiano, hoy las producciones seriadas cumplen esa función. Obras como Chernobyl, Six Feet Under, The Wire o La meglio gioventùson, para él, «monolitos» que sobreviven al consumo inmediato.
En los años cincuenta, millones de italianos no sabían leer ni escribir, pero aprendieron un lenguaje del mundo a través del cine y la televisión. No fueron solo espejos; fueron herramientas de liberación. Incluso bajo el fascismo, los niños crecieron viendo películas estadounidenses: un acto silencioso de resistencia cultural, una forma discreta de emancipación.

¿Qué hace que una serie permanezca en la memoria? Para Spagnoli, todo empieza con la inmersión total. Cuando el espectador se detiene en la técnica o en la lógica, la fascinación se rompe. Su criterio es simple y tajante: fascinación. Una serie debe atrapar, sorprender y abrir nuevas ventanas de pensamiento. La sorpresa no está en un giro final; está en ampliar lo que el espectador es capaz de imaginar.
Un buen relato te obliga a pensar en algo en lo que nunca habías pensado. Lo reconoces cuando terminas un episodio y piensas: ‘¡No puedo esperar una semana! ¿Cómo voy a aguantar?»
Esa tensión no se reemplaza con listas de criterios. Es un efecto que solo ocurre cuando la narrativa entra en tu vida y cambia la forma en que miras el mundo.
Spagnoli se ilumina al hablar de la historia que aún no se ha contado: la de la epigrafista Margherita Guarducci. En 1948, en las grutas vaticanas, descifró la inscripción que identificaba la tumba del apóstol Pedro. Durante diez años, sola, enfrentándose a un mundo patriarcal, trabajó con martillo, lupa y un conocimiento infinito. Para Spagnoli, no es solo historia; es un thriller feminista en el corazón del Vaticano. Una historia de poder, fe y género. A veces, la realidad escribe mejores series que la ficción.
Al final, más que el festival, queda un manifiesto: para Spagnoli, las historias no son escapatoria, sino herramientas. Con ellas construimos memoria, damos forma al imaginario colectivo y abrimos horizontes nuevos. Italia lo demuestra: un país donde el cine sustituyó a los libros, donde la televisión enseñó tanto como la escuela y donde la memoria se tejió con imágenes. «Somos lo que vemos»: para Spagnoli, no es metáfora, es una ley cultural.

