Una película al día #15: “Buena Vista Social Club” (1999)

[ por: Andrés Daly ]

– We’re looking for the Social Club.

– The Buena Vista?..Oh, that’s long gone…The Buena Vista was…let’s see. You go up that way…

Básicamente, la historia de como Ry Cooder y Wim Wenders, músico y cineasta respectivamente, redescubrieron a un grupo de viejos músicos cubanos, es hoy conocida casi mundialmente. Cuento repetido por la prensa hasta el cansancio, con las palabras clave «viejos» «leyendas» «olvidados» «éxito» «hollywood», ciertamente, esa primera entrada mediática a un documental estrenado en 1999, no opaca para nada la calidad de éste ni el incréible éxito que tuvo el disco llamado de forma idéntica al filme y que lo antecede, «Buena Vista Social Club».

Luego de hacer girar ese CD durante años en mi hoy defunta radio (cuantas noches de maqueteo), por fin pude ver el famoso documental que siguió de cerca el fenómeno de entonces. Esta es la historia -en un enfoque ligeramente anecdótico- de las vidas de viejas y oscuras leyendas cubanas tras un disco que terminó convirtiéndose en un gigante; el punto de partido a un gran número de discos solistas y giras mundiales.

El indudable talento de sus protagonistas no sólo es patente con la música que llena la película sino que al mismo tiempo cuaja perfectamente con la transparencia con que ellos y el director son capaces de presentar unas vidas enmarcadas en el cotidiano; el como caminan y exhiben orgullosos la historia de sus barrios, juegan dominó, saludan a sus vecinos, pasean por un parque, prenden velas a sus santos o recuerdan las viejas glorias. Aunque uno ya conoce el final, inesperadamente, emociona ver como ellos llegan, al final de la película y prácticamente de sus vidas, a cantar en el teatro de sus sueños.

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El ojo afinado de Cooder y Wenders para ser hombres en el momento justo y el lugar preciso sorprende -si, dejemos la suerte y la coincidencia afuera-, el lento depliegue de las múltiples historias cruzadas de los músicos (Compay Segundo e Ibrahim Ferrer entre otros) se mezclan con la pasión verdadera por los sonidos que han creado y reproducido por décadas.

Una narración que si bien no me parece perfecta, si tiene la capacidad de registrar con buen oficio momentos tan bellos y tan diferentes entre sí en escala, como el clímax en Nueva York (en un teatro repleto que los ovaciona), o la atmosférica y nostálgica tocata junto al mar (de vuelta en Cuba) con un Ry Cooder sentado relajadamente en una silla con la cabeza atrás, simplemente disfrutando de la música, que seguramente no puede creer que el mundo aún no conozca.

«In the beginning I just wanted to make movies, but with the passage of time the journey itself was no

longer the goal, but what you find at the end. Now, I make films to discover something I didn’t know,

very much like a detective.» – Wim Wenders

*Mañana: «Patas de Kiltro» (2002)

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