Dossier 137 o Atrapados en la encrucijada: cuando la violencia silencia las voces y la sociedad pierde el rumbo

El 31 de mayo, París estalló. No en celebración, sino en caos. La ciudad, destinada a celebrar la victoria del Paris Saint-Germain en la Champions League, se convirtió en escenario de incendios, saqueos y detenciones masivas. Detrás de esas imágenes espectaculares están las víctimas menos visibles: manifestantes heridos en los enfrentamientos, peatones inocentes atrapados en el caos, policías agotados por exigencias imposibles y la desconfianza generalizada. Ese sufrimiento revela fracturas demasiado profundas para que un festejo pueda ocultarlas.

Cuando la violencia domina, el mensaje se pierde».

Más que una frase hecha, es la clave para comprender tanto aquella noche como Dossier 137, la película estrenada en Cannes que indaga en la erosión de la confianza durante las protestas de los Chalecos Amarillos. Su protagonista, la inspectora Stéphanie Bertrand, se mueve en un terreno ambiguo: entre la protesta y la represión, entre la lealtad institucional y la sospecha pública.

Esa posición «entre dos sillas» refleja la tensión de todos los implicados y también de la sociedad que observa. La violencia no es el origen, sino un síntoma: una ruptura que deja al descubierto las grietas que atraviesan comunidades, instituciones y relatos políticos. Muestra quién tiene voz, quién es escuchado y quién queda relegado al silencio.

El director Dominik Moll

La verdadera tragedia es que el estruendo borra lo esencial: las demandas de justicia, de dignidad, de reconocimiento colectivo. En París, como en otros escenarios del mundo, las voces que reclaman cambio quedan ahogadas bajo el ruido de la destrucción. Las causas que alimentaron el movimiento de los Chalecos Amarillos se pierden entre las barricadas en llamas, del mismo modo que la alegría de un triunfo deportivo queda eclipsada por el saqueo.

¿Quién paga el precio? Son muchos: manifestantes golpeados, peatones inocentes atrapados en el caos, agentes expuestos tanto al riesgo físico como al juicio de la opinión pública. Sin embargo, rara vez sus experiencias ocupan el centro del debate. El discurso público prefiere simplificar y polarizar, reduciendo realidades complejas a eslóganes fáciles de digerir.

Ignorar esas voces es síntoma de un deterioro más profundo. La transparencia se diluye, la rendición de cuentas se debilita y la confianza en las instituciones se desvanece. La justicia queda arrinconada, y con ella se reduce el espacio intermedio donde debería sostenerse el diálogo democrático.

Tanto Dossier 137 como lo ocurrido en París obligan a reconocer una verdad incómoda: ese espacio intermedio no es un refugio de tibieza, sino un lugar de responsabilidad. Exige conversaciones honestas, a veces dolorosas, que aborden las desigualdades y la violencia estructural que alimentan el malestar.

París, 2018. AFP/Getty Images

Si se abandona ese espacio, lo ocupan la rabia y la desesperación. Y con ellas se alimenta un ciclo destructivo que amenaza la cohesión democrática. El reto, para ciudadanos, autoridades y fuerzas del orden, es recuperar ese terreno, resistir las simplificaciones y abrir canales de confianza.

Cuando la violencia se convierte en el único lenguaje de los ignorados, la sociedad se resquebraja. Pero si nos detenemos a escuchar y entramos en la complejidad que hay detrás del caos, aún es posible rescatar los mensajes silenciados y las esperanzas de transformación.