Amar y Morir

[ por: Katherine Silva ]

El amor es un tema central en el cine. Películas que idolatran este sentimiento que ha inspirado al hombre, y que se ha convertido en uno de los ejes principales para la creación de todo tipo de arte, lo envuelven, en  su gran mayoría, en una utopía de lo que debería ser, y de todo lo positivo que se encuentra en amar.

Resalta la felicidad que envuelve al hombre cuando lo siente, pero, en el cine, un tipo de amor se destaca por resaltar la inmortalidad: el amor inmortalizado con la muerte. La muerte es el complemento para el amor puro, ya que eterniza la permanencia de este en su auge, antes de modificarlo con el paso del tiempo.

Esta idea puede parecer disparatada, pero en el cine el más puro amor es el que está acompañado con una muerte que lo hace verdadero y eterno. Los amores más puros contados en las historias cinematográficas, siempre han venido acompañados de la muerte en el momento en el que más se aman, valiéndose de un toque más artístico que llega a penetrar en lo más profundo de la conciencia emocional del espectador.

Tenemos, por ejemplo, el caso de El Marido de la Peluquera. Una película francesa que relata la historia de un hombre con un marcado fetiche por las peluqueras. Con los años se fortalece y se casa con una. Se aman incondicionalmente. Se protegen el uno al otro, y son felices como nunca en sus vidas lo habían sido. Hasta que ella decide acabar con su vida justo en el momento más hermoso de su relación, argumentando que no quería que esa pasión, ese amor fuerte, y esa felicidad, se fuera deteriorando con el paso del tiempo hasta acabarse, como, según ella, siempre sucede.

Imágenes superiores: El marido de la peluquera

Aquí vemos que este amor incondicional, completamente feliz, que hace completo tanto a la peluquera como a su marido, así como a las personas alrededor de ellos, se vuelve en efecto, eternamente duradero al terminar en el auge de la relación. El marido está destinado a extrañar esa eterna felicidad, sin que el tiempo haya hecho que la pasión se haya terminado, o la costumbre haya convertido el diario vivir en una monotonía aburrida y hasta insoportable. La muerte hizo perdurar ese sentimiento de manera perpetua.

Para demostrar esta idea, tomo como ejemplo una de las obras más relevantes de Friedrich Nietzsche, El Nacimiento de la Tragedia, en donde el autor habla de dos mundos que destacan la tragedia griega: el apolíneo y el dionisiaco. El primero representa la razón y el otro las banalidades de lo pasional e instintivo. “Estos dos instintos tan diferentes caminan parejos, las más de las veces en una guerra declarada, y se excitan mutua­mente a creaciones nuevas (…) en este acoplamiento engendran la obra, a la vez dionisiaca y apo­línea, de la tragedia antigua”.[1]

Esta obra engendrada no es más que el arte puro, alimentado de la tragedia. La tragedia que mediante la muerte da fuerza al amor. Lo dionisiaco es la vivencia de la pasión, del sentimiento, de la felicidad que da la ambigüedad del amor. Lo apolíneo es la muerte. El final de la vida que da razón al argumento en el cual duraría para siempre sin acabar con el sentimiento.

Puede que haya conceptos que se opongan a lo que aquí planteo. Por ejemplo, existe el argumento que la muerte es un obstáculo para el amor, no lo eterniza, sino lo acaba al terminar por completo con la vivencia del sentimiento.

En su válida concepción que puede representar el concepto de muchos románticos, el amor es eterno en vida, y la muerte termina con el sentimiento, por tanto no lo eterniza, sino lo acaba. La tragedia no pasa a ser parte del complemento artístico, solamente a ser un agregado dramático que quita totalmente el verdadero significado del amor.

El amor en sí es un sentimiento que expresa la felicidad completa de tener a otra persona como complemento. Aquella que llena muchos campos emocionales y espirituales, y que puede elevar la razón de existencia a un nivel mucho más emocionante que cualquier otro sentimiento.

Sin embargo, la unión de lo apolíneo y lo dionisiaco forma, en el cine, una estructura de tragedia perfecta que convierte al amor en lo perfecto, en el sentimiento ideal que mezcla lo banal, lo instintivo, lo pasional, con lo racional. Los dos mundos que forman al hombre se complementan mutuamente para fortalecer el sentimiento que por tantos años ha movido el mundo.

Un claro ejemplo de esto, es la historia universal de Romeo y Julieta, y la obra cinematográfica de 1968 basado en este relato de amor de William Shakespeare. La historia es hermosa y cuenta con muchas décadas de admiración, pero no hubiese sido la misma sin el detalle de la muerte como inmortalidad para estos jóvenes enamorados.

Romeo y Julieta

Romeo y Julieta

En la obra cinematográfica, la muerte inmortaliza el amor entre los jóvenes. Otros elementos como la familia y la rivalidad, dan puntos de tragedia a la obra, pero lo dionisiaco como el amor y la pasión entre los jóvenes, y lo apolíneo como sus racionamientos de estar juntos, y la increíble manera como planean estar juntos, hacen que el agregado destino trágico inmortalice esta bella e irremplazable historia de amor, y así como en esta, la muerte siempre va a eternizar el amor al terminarlo en su auge, y no permitir que el paso del tiempo acabe con la belleza del sentimiento. Algunas de las más grandes historias de amor contadas, casi siempre terminan, con una muerte.

[1] ARSGRAVIS. Reflexiones de autores contemporáneos. El Origen de la Tragedia.http://www.arsgravis.com/revistas/revista1/article1/nietzsche.html

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