Yusef Komunyakaa: Dien Cai Dau

Yusef Komunyakaa nacido James William Brown (Louisiana, 1947) es uno de los poetas afroamericanos vivos más importantes de la actualidad, su nombre cada cierto tiempo suena como un posible nobel y recibió el Pulitzer de poesía en 1994. Dentro de su larga lista de poemarios destaca Dien Cai Dau publicado en 1988 por primera vez (re editado hace un par de años en español por Ediciones Valparaíso) y que fue construido a partir de las experiencias del propio Komunyakaa durante la guerra de Vietnam entre 1969 y 1970.

Qué se le puede pedir a la guerra, salvo el horror y la sangre que, por ejemplo, los poetas Eduardianos ingleses experimentaron en la primera conflagración bélica mundial, como también le sucedió al poeta austriaco Georg Trakl en esa misma contienda pero en la trinchera germana. Sin embargo, conforme avanzamos en la historia de la humanidad, la misma concepción de los conflictos militares se complejizan, ese es el caso de la Guerra de Vietnam; una demostración de musculatura imperial estadounidense en tierras de Ho Chi Minh, y que le costó una derrota estrepitosa en esos lugares, en contra de escuálidos y delgados guerrilleros e insurgentes, que no poseían más que la dignidad del que defiende su tierra y el conocimiento de su geografía.

Komunyakaa nos hace entrar de lleno a esa compleja experiencia bélica a partir del nombre del vietnamita texto Dien Cai Dau y que se puede traducir como “loco” o “cabeza loca”, que era como los vietnamitas se referían a los soldados estadounidenses[1]. El poemario tiene dentro de él dos ideas fuerzas que resuenan permanentemente en el transcurso de la obra. La primera es la experiencia de la guerra que incluye un cotidiano de las actividades que se desarrollan: “Nos atamos ramas a los cascos. / Nos pintamos las caras, y los fusiles, / con el fango de la orilla del rio / colgamos manojos de hierba de los bolsillos / de nuestros uniformes de camuflaje. Nos / fundimos con la selva […]” (p23). El otro aspecto está relacionado con los derechos civiles y el racismo, que también se vivió dentro de la trinchera neocolonial estadounidense, algo que a pesar de la cantidad de kilómetros que median entre Vietnam y E.E.U.U. acompaño a cada uno de los soldados afroamericanos como una prenda más dentro de su morral: “América se cuela por la membrana / de la niebla y el humo de nuevo / soy un niño en Bogalusa. Letreros de Sólo Blancos / y carteles de Hank Snow […] (p52).

El enemigo sabe de los problemas que sufren los afroamericanos en su propio país, a ellos va direccionada entonces gran parte de la contra propaganda que astutamente las radio emisoras vietnamitas dan puntualmente todos los días y en un pulcro inglés de acento británico y voz de mujer que se hace llamar Hanoi Hannah[2]: “Sabéis que sois hombres muertos, / ¿verdad? Estáis muertos / igual que King hoy en Memphis. […] / “Hermanos negros ¿por quién estáis muriendo?” […] / “Sois una mierda de tiradores, Gis” (p34). El infierno está servido; en la vida física, por lo difícil de las condiciones geográficas de luchar en medio de una jungla para los soldados estadounidenses, y en lo mental, el descontrol se apodera de la tropa, tanto como para matar a los superiores en una práctica que se hizo conocida durante esta guerra y que se llamó Fragging, mismo nombre de este poema: “No perderemos a un hombre de verdad. Ese teniente es insensato. […] / “¿No se lo advertimos? / El hijo de puta.” “Acuérdate, Joe. / acuérdate de como empujo a Pérez”.(p37). Soldados que no trepidaran en poner fin a la vida de un superior necio si pone en peligro a todo el pelotón.

A pesar del horror experimentado por esta voz poética, hay momentos en que es recreada una belleza y una camaradería juvenil que sobrecogen sobre todo por el futuro cercano de algunos de los mencionados: “El Mar de la China Meridional / acoge a otra manada. / […] Lee Otis, el explorador, ciego de yerba, / se entierra en la arena / […]. ¿Me veis? […] / […] CJ, / que dentro de tres días / pisara una mina, / corre detrás de la pelota / […] / tronchado de risa.” (p50). Hay instantes de un verdadero recogimiento religioso, una sentida gratitud por cada día de vida que el recluta gana, de manera milagrosa, a pesar de entrar, contumazmente, una y otra vez en combate: “Gracias por el árbol / que se interpuso entre la bala del francotirador y yo. / […] Gracias / a la florecilla blanca / que me mostro el destello del metal / avisando que podía estallar en pedazos […]” (p71). La protección sobrenatural esta encarnada en elementos de la naturaleza, la que la vuelven mucho más cercana y tangible.

Otro tema que cruza el poemario es el sexo, la tensión sexual del combatiente estadounidense a miles de kilómetros de su casa, una mezcla entre nostalgia y deseo se cruzan en algunos trazos dentro del texto, como cuando un soldado conductor alucina la aparición de una mujer en pleno camino: “Coges la curva en la carretera / y ahí está ella / haciéndote señas para que pares el jeep / pero cuando pisas el freno […] / El sargento Jackson dice: “¿Qué coño crees que estás haciendo Jim?” (p44). O como cuando un recluta se enreda con la amante de su superior después de meses de filtreo: “[…] Durante meses nos hemos evitado / […] No hay nada más que decir. / La habitación es testigo de lo que hacemos / […] Se nos entrecortan las palabras en la garganta […]” (p45-46).

Mención aparte es el tipo de relación que los soldados estadounidenses desarrollaron con las vietnamitas, que por necesidad en plena guerra, tuvieron que ejercer la prostitución, como una forma de sobrevivencia para ellas y sus familias en el campo: “Estas con ellas, / se quitan el maquillaje / y se ponen la ropa campesina / color de tierra” (p83). Este tipo de vinculaciones inevitablemente trajeron muchos nacimientos de niños con madre vietnamita y padre estadounidense, aquí aparece la voz de un padre para comunicarse con su hijo desconocido: “[…] Con el pelo rizado y la piel oscura / no pudiste escapar / de las miradas que te descuartizaban / ven aquí hijo veamos si te castraron” (p88). La condición de estos niños mestizos, llamados Dui Boi (polvo de vida en español) los llevo a la mayoría a un destino trágico; como ser considerados personas de segunda categoría dentro de la nueva sociedad comunista vietnamita, algunos de ellos fueron perseguidos, otros fueron vendidos siendo niños, en calidad de esclavos, para la prostitución[3].

El libro comienza cerrarse con poemas acerca del retorno de los soldados, una vez que la fallida guerra les explota en sus rostros, con la única posibilidad de desandar el camino hacia su tierra natal. Combatientes que ya desmovilizados deambulan sin tener muy claro hacia dónde ir, con quien hablar o como seguir: “Al volver de Vietnam se encontró perdido, / sin poder confiar sus manos / a otras manos amadas.” (p91). El reencuentro con familias que no tuvieron la suerte de ver regresar a sus hijos, pone en escena las dramáticas heridas que han dejado en sus hogares, la ausencia de los que aún no han vuelto: “[…] Se equivocaron. Ahora / les va a tener que devolver el dinero / cuando regrese a casa. / Pero yo no lo haría. Le haría / pagar por la equivocación. / acabaron con su padre. Y Janet, / con sus tres niños / de tres hombres diferentes. […]” (p93). El fresco de un núcleo familiar dinamitado por la guerra, lo que se muestra son despojos, la madre como sobreviviente, tal como un ex recluta, pero hay bajas de los otros miembros de la prole, un padre que enfermó y murió esperando el regreso nunca concretado del hijo, quizás una novia que frente a la ausencia del amor, comenzó un peregrinaje que tuvo como resultado tres niños a quienes alimentar. De alguna manera, esta escena nos muestra que la guerra se vivió en dos frentes; uno es el teatro de operaciones físico en Vietnam. El segundo, es el que se produce en el micro mundo familiar de cada uno de los combatientes, que fueron enviados a la batalla, allí donde también hay supervivientes y se generaron pérdidas humanas irreparables.

Es con Yosef Komunyakaa, a través de su poesía política y testimonial, que aprendemos de  los otros relatos mínimos, que ayudan a conformar la relación histórica mayor de la Guerra de Vietnam, vista por los ojos de un soldado estadounidense afroamericano. Komunyakaa tiene la habilidad de hablar de ese micro cosmos privado de la contienda. Asistimos, de primera mano, al desquicio y la violencia de una conflagración bélica que se caracterizó por el sin sentido, la injusticia, los brutales excesos y el carácter neo colonial de su mecanismo primigenio; “la invasión”. Y los reclutas estadounidenses son simplemente “la cabeza de turco” dentro de un ajedrez enorme de la política internacional de los setenta, en plena guerra fría, que les valió una inmensa derrota, que hasta el día de hoy reverbera en el inconsciente colectivo de los norteamericanos.

 

Valparaíso Ediciones, Granada, 2014. 113 pp.

[1] Nota del Traductor página 101

[2] Nota del traductor página 102

[3] Nota del traductor página 111

 

 

 

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