Un tranvía llamado deseo

Tennessee Williams es uno de los dramaturgos más influyentes en la historia del teatro y la cinematografía norteamericana. Dotado de una sensibilidad excepcional, supo retratar las miserias existenciales de personajes completamente traumatizados, no solo por su historia personal sino también por la historia profunda de los EE.UU.

La división entre norte y sur es muy radical en sus escritos. El trauma de la guerra civil norteamericana permea gran parte de sus obras. Recordemos que durante la Guerra de Secesión -como se le conoce- Norte y Sur se enfrentaron en cuatros años de cruenta lucha; pero no solo colisionaron dos zonas geopolíticas dentro del país, sino que también visiones y formas de vida contrapuestas.

El norte industrial y libertario para los afroamericanos, versus el sur nobiliario y esclavista, chocan de manera radical para dejar sólo una zona vencedora, que se instala como dominadora, tanto de la economía como también de un nuevo enfoque sociocultural. Tennessee es del sur, nacido en medio de una familia que rememoraba tiempos mejores. De la mano de su madre, heredó en ese recordatorio todo lo que el sur fue hasta que vino la guerra y, después de eso, la pobreza que asoló -y al parecer de alguna forma- aún asola parte del sur de EE.UU.

Comienzan a morir formas de entender la vida; la aristocracia nobiliaria y señorial del sur comienza a diseminarse con la llegada de esta otra forma de vida, donde el dinero impera más que los acuerdos de caballeros. Y de alguna manera los afroamericanos, después de la guerra de secesión, cambiaron solo en la forma, ganándose la libertad de morir de hambre, en su nueva condición de clase baja -acrecentada su marginalidad- por la brutal segregación racial de la época.

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El trauma de la guerra y la melancolía del sur es lo que aparece en gran parte de la obra de teatro Un tranvía llamado deseo (1947) convertida a poco andar en película homónima en 1951, dirigida por un genial y controversial Elia Kazan. Contaría con las actuaciones legendarias de una madura Vivien Leigh en el papel de la hermana mayor DuBois y un espléndido Marlon Brando en el papel del intratable cuñado de ésta.

En blanco y negro, la película nos sumerge en un ambiente un tanto fantasmal. Blanche DuBois, a raíz de graves problemas económicos, debe ir un poco más al norte, a otra ciudad, y cohabitar con su hermana menor y el grosero pero -al mismo tiempo- atractivo cuñado. Blanche es heredera de todo lo arquetípicamente sureño. De formas señoriales, su actitud se ve un poco penosa en medio de esa casa, en donde su rudo cuñado, cada cierto tiempo maltrata a su hermana menor, que está completamente enamorada de Kowalsky, interpretado por un rutilante Brando.

Situada en una Nueva Orleans espectral, en medio de un barrio de la periferia, en un cruce de colores: negros, blancos e incluso latinos, donde se notan los trazos de lo que alguna vez fue señorial, en épocas pasadas, la película es un lente que nos muestra zonas oscuras de este drama familiar, en donde los deseos opuestos y el cruce radical de personalidades harán que la realización por momentos tenga visos de thriller sicológico.

Blanche, otrora profesora de lengua, debe llegar desde la pequeña ciudad de Laurel en Mississippi, a la marginalidad de esa otra gran ciudad dentro del estado de Luisiana. Al principio suponemos que por sus problemas económicos pero conforme pasa el metraje, Blanche, encarnada por una excepcional Vivien Leigh de 37 años, comienza a desplegar el drama sicológico que embarga a este personaje. La mayor de las DuBois sigue la tradición familiar y, muy joven, se casa con un hipersensible novio (aquí el temor al  código Hays[1] hace que esta descripción sea bastante más confusa. En la obra de Williams los trazos de homosexualidad son claros en el que fue el marido de Blanche). Las cosas en su matrimonio parecen normales, hasta que un buen día, durante un baile el esposo de Blanche decide suicidarse, lo que le genera al personaje la crisis nerviosa profunda que arrastrara desde entonces.

Annex - Brando, Marlon (A Streetcar Named Desire)_02Stanley Kowalsky, el insoportable y provocativo cuñado de Blanche, encarnado por un formidable y joven Marlon Brando de 27 años, por su parte desconfía de toda la explicación de su cuñada y quiere saber qué paso con ese territorio más al sur del cual su esposa también es dueña. Blanche comienza a contar lo inevitable: hacía mucho tiempo que efectivamente la familia DuBois tenía tierras. Pero conforme fue pasando el tiempo, y las crisis económico familiares se agudizaron lentamente, los DuBois fueron vendiendo parte de sus territorios, hasta solo quedar con la casa señorial y parte del jardín. Stanley es mecánico, por lo tanto gran parte de la película lo podemos ver desaseado, lo que enfatiza de manera muy inteligente este concepto de suciedad[2]. El binomio Kowalsky–Blanche se torna explosivo. El personaje de Marlon Brando es representante de una migración extranjera más reciente, esa que llego desde el puerto de Nueva York hacia el resto del país,  el arquetipo de la fuerza bruta, la violencia, las malas maneras –durante todo el film cuando come lo hace con las manos, hasta probar la torta- y además con el despliegue de una sexualidad realmente al borde de lo agresivo. Es el simbolismo de un macho alfa que no trepidará en saber la verdad acerca de su cuñada, y de llevarla al borde de la crisis nerviosa, si eso es lo que se le da la gana. El thriller queda servido y cada vez que los cuñados cruzan palabras, el espectador se preparara para alguna frase demás de Blanche y en seguida la reacción violenta por parte del cuñado.

Estela DuBois es el personaje engranaje entre los dos polos de Liegh y Brando, que en cierta medida queda fuera de este binomio: la hermana menor de Blanche y esposa de Stanley. De alguna forma ella  decidió prescindir, por distintos factores, de su raigambre aristocrática e involucrarse con este terrible y guapo hombre, que la mueve desde los sustratos más profundos de su deseo. Antológica es la escena de Estela -actuada por una solvente Kim Hunter- después de que es golpeada por su esposo y de refugiarse en el segundo piso de su vecina, simplemente no se resiste a los alaridos que da Stanley llamándola -en la planta baja-  una vez que se repone de su borrachera, y con mucha culpabilidad se da cuenta de su despropósito. Vemos a Estela transportada solo por la pulsión de estar sexualmente con su esposo, en una ceremonia cercana a lo animalesco, en donde la reconciliación -post crisis- se transforma en un verdadero ritual de cortejo, ante la vista horrorizada de Blanche que no puede entender, de manera cínica, como su hermana se ha acostumbrado a toda esa marginalidad.

El crítico chileno de cine Héctor Soto nos asegura:

Blanche y Stanley no son fuerzas antinómicas. Son dos planos disociados de la misma conciencia, la de Williams, que reivindica aquí la primacía de los valores espirituales por sobre los aspectos animales de la vida –de eso no hay duda-, pero sin ocultar su persistente atracción por la barbarie.[3]

Consideramos que Soto se centra en el clásico aspecto que hacen mención la gran mayoría de los análisis, a su aspecto sicológico, desechando la idea de que Un tranvía llamado deseo, puede ser leído como una gran alegoría del drama entre norte y sur, durante esa cruenta conflagración civil. Donde estos dos personajes se despedazan en ésta micro guerra sicológica, que comienza con las elucubraciones económicas y termina con la agresión sexual real por parte de Stanley. Y donde aparentemente sale vencedor el norte con Kowalsky, el mecánico de padre polaco, un fiel ejemplo de la vida capitalista –hambriento en su salvajismo-, y perdedora Blanche, la profesora de ascendencia francesa -decadente en su pobreza y comportamiento- y junto con ella el sur. Pero es una lucha que al final se torna infructuosa una vez que esta termina y se sabe cuál bando es el perdedor y cuál es el ganador. Solo campea la desintegración y la decadencia por doquier, como pasa en cualquier conflicto bélico,  que a pesar de tener bandos definidos, finalmente el ciudadano común solo le queda padecer la lucha, como a la hermana de Blanche, Estela. Termina el film volviendo al ciclo tan patético como autodestructivo de la violencia y la reconciliación por parte de la joven pareja.

Hicimos un pie forzado en esta crítica de cine, revisando parte de la vida y la cosmovisión de Tennessee Williams, para abrir el espectro de esta revisión hacia otras zonas que de ser tan evidentes pueden pasar desapercibidas. Al lector le recomendamos no solo ver las distintas versiones fílmicas que se ha hecho de la obra de Williams[4] sino acceder a los textos que circulan en librerías y por internet. Con esas historias uno puede comenzar a desenmarañar ciertas tramas ocultas de la vida social y cultural de los EE.UU., tramas que  siguen repercutiendo hasta nuestro presente.

[1] Fue un código de producción cinematográfico, que normaba las cosas que se podían  pasar o no en la pantalla grande, aclaramos que este código, solo pudo comenzar a ser revisado cuando su creador William Hays -importante miembro del partido republicano- fallece en 1954, y radicalizándose sus reformas a mediados de la década del sesenta.

[2] Que en el inglés se puede designar con la palabra dirty, que a su vez tiene dos acepciones; una es la clásica suciedad, en relación a algo que no está limpio,  y la otra hace mención a lo sucio en términos de impudicia sexual.

[3] Héctor Soto, Una vida critica. 40 años de cinefilia (Santiago: Epicentro Aguilar, 2007), p462.

[4]  La rosa tatuada (1955),  La gata sobre el tejado de zinc caliente (1957), De pronto el último verano (1959),  Dulce pájaro de juventud (1962), La noche de la Iguana (1964), El zoo de cristal (1987), entre otras.

 

Recomendación del editor: A 59 años de su estreno, el programa radial y podcast “El mundo sin Brando” centró su 10º capítulo en “Un tranvía llamado Deseo”. Daly y Ortega intercambian opiniones sobre esta gran película de 1951, dirigida por Elia Kazan, basada en la obra de teatro de Tennessee Williams y protagonizada por Marlon Brando y Vivien Leigh. Escúchalo aquí:

Conducción y Edición Periodística: Víctor Hugo Ortega C. / Conducción y Producción General: Andrés Daly López / Controles: Arturo Estay / Más información en www.elmundosinbrando.cl

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