Tu Casa

Fotomontaje con "The dream woman" de baavaar y "Mi pieza" por DGTX, en flickr.

Recordé tu casa. Creo que ya no vives ahí. Ahí vivías con tus padres y tus hermanas.

Esa casa estaba ubicada inconvenientemente. Había un paradero de buses frente a la morada contigua. Transitaban muchas personas diferentes por el frontis de tu hogar. Los delincuentes aprovechaban la multitud de jornaleros esperando locomoción para llegar hasta su domicilio, para robarles los relojes y los teléfonos móviles que eran muy fáciles de permutar por pasta base de cocaína. Casa contigua que además era un negocio de abarrotes con maquinas de casino y una especie de iglesia evangélica, donde confluían personas de tu barrio acostumbradas a emitir su opinión desde el anonimato, sin fundamento más que un envidioso y arbitrario prejuicio mezclado con extravagantes suposiciones concernientes a la moral ajena, respecto de los demás vecinos.

Pero tu casa era acogedora, a pesar de que el patio era relativamente pequeño, y que en vez de pasto y adoquines decorativos- a la entrada del palacio- tenías un camino de ripio de canal mezclado con colillas de cigarro imposibles de recoger una vez lanzadas al suelo, y en el patio trasero no había más que cachureos inservibles que tu padre -un gran hombre- consideraba que, en algún momento, podían ser de utilidad cuando la eventualidad los requiriera. Tu casa era acogedora. Por dentro era la primera planta un espacio reducido en el cual debían coincidir, de manera armoniosa, los sillones forrados con telas antiguas cubriendo su mal estado producto del desgaste de los años y el viejo comedor de madera brillante y grasoso de tanto lustra muebles, que se agrandaba o se disminuía según la cantidad de comensales que participaran de las meriendas. La cocina, supuestamente -y como salía en el folleto de venta de la inmobiliaria-, era americana. Yo a eso, a la “cocina americana”, le llamo anteponer un mesón pegado a un muro para evocar la fantasía de que existe una separación entre el refrigerador, la cocina y los insumos propios de ella, con el resto del ambiente, en circunstancias que no existe. Pero cada cual tiene el derecho de considerar las cosas a su manera. Sobre todo si se trata de su refugio contra la vorágine.

El segundo piso: tu casa era de dos pisos.

En el segundo piso de tu casa había dos habitaciones y un baño. Una habitación era más grande, en metros cuadrados, que la otra. Esa pieza, obviamente, era la de tus padres. Ahí la cama de dos plazas abarcaba casi la totalidad del espacio. En las paredes no había cuadros, solamente estaba pegado, con cinta adhesiva y cero glamour estético, un afiche de Marco Antonio Solís, que salió de regalo, una vez, en un periódico chabacano de poca monta -y que tu padre, por cierto, amaba-.

Cuando no estaban ellos, durmiendo en su lecho matrimonial, dejaban las torres de ropa familiar, recién planchada, sobre el colchón, cual si fueran adornos o peluches o una especie de decoración postmoderna que sólo apreciaría alguien como yo. La única vez que estuve allí, en ese cuarto, para hacer esta observación, fue cuando sacamos las montañas de ropa doblada pulcramente y las dejamos en los pequeños y estrechos pasillos del suelo que rodeaban el lecho custodiado por dos veladores llenos de pastillas para olvidar y con lámparas sin ampolletas en sus superficies, para corromper el tálamo nupcial con nuestras descarnadas escenas de sexo desesperado y adolescente. Con las posiciones inexistentes, nuestras solamente, con el oleo que formaban nuestros jugos al mezclarse dentro y fuera de nuestros cuerpos a la hora del clímax absoluto.

La otra habitación era un tanto más pequeña, en términos arquitectónicos, no obstante albergaba más camas que la pieza más amplia, llegando a optimizar su reducido espacio con dos literas de una plaza, femeninamente arreglados para evocar un paraíso: un verdadero paraíso. En ese contexto, de sabanas rosadas con estampados de Hello Kitty y miles de animalitos de peluche sobre el cubrecama colorinche, una tarde de domingo, yo regresaba de un reventón anarco punk sabatino, y tú te habías enfadado tanto conmigo que decidiste acompañar a tu madre y a tu padre a sus desahogos dominicales en la cancha con los viejos crack, para no verme y encontrarme la razón luego de mis divagaciones con los marginales. No estabas.

Tu hermana, Pamela, la rubicunda, me recibió en la casa, me abrazo, cuando crucé el umbral de su habitación, me dijo:

–Mi hermana ya no te soporta, pero a mí me gustan los hombres como tú. Pareciera que nada te importa. Ven, acuéstate en mi cama. Está hecha, yo no llegué tampoco anoche-Tu hermana era igual de fogosa y más hermosa que tú. Las separaban pocos años. Ella era tan bella como tú a esa edad y quizás tan bonita como tú cuando tengas la edad de ella.

Era imposible no confundirse en vista de las oportunidades que da la vida a hombres que rara vez disfrutaran del éxito mundano de tener casa, auto, árbol, libro e hijos, sin vender su espíritu.

Tú querías ser pintora, hiciste de todo para conseguirlo. Ella era estudiante medico pediatra y nadie dudaba de su inteligencia ¿Quién?

¿Qué estúpido no hubiese querido estar entre sus piernas, si era igual que tú pero un poco más pálida, un poco menos obvia y le costaba menos mantener un misterio; si hacía deporte y no fumaba, y lo más sublime de su personalidad es que era capaz de guardar un secreto?

La hice mía con desesperación y culpa, mordía sus dedos del pie, albos y perfumados, entre tanto sus piernas ahorcaban mi cuello mientras la penetraba y me exigía que la tratara con apelativos propios de lo que le estaba haciendo a su hermana menor.

¿Qué placer puede ser más magnánimo que el invocado por la felonía amatoria de los que no volverán a estar juntos jamás?

Tu casa era hermosa. Extraño tu casa.

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