Recordando a Mister Luis García Berlanga

[ por: María Soledad Carlini ]

Pese a que se trataba de una película cómica, al actor Edward G. Robinson no le causó mucha gracia lo que estaba viendo. La estrella, que trabajó bajo las órdenes de directores célebres como Fritz Lang, Orson Welles, Howard Hawks y John Huston, mientras era jurado en el Festival Internacional de Cannes de 1953, se escandalizó con un plano de ocho segundos donde se mostraba una bandera estadounidense arrastrada por las aguas de una acequia.

El director responsable de la imagen era el treintañero Luis García Berlanga, la misma persona que durante el mismo certamen había falsificado dólares para promocionar su primera obra en solitario[1] “Bienvenido Mr Marshall” (1953).

La leyenda dice que Robinson, exaltado, lo agarra del brazo y lo obliga a ir a la comisaría a explicarle a las autoridades sus actitudes “antiestadounidenses”. Berlanga le responde entre risas, mirando a la demás gente: “¡El tío este me quiere llevar a la comisaría! ¡Está como una cabra americana!”.

Hoy, a seis meses de la muerte del valenciano, podríamos recordar su cine tal cual como aquel episodio donde la exageración, la risa y la opinión social convergen de manera simultánea. Y mientras los españoles siguen recordando su obra, en Chile su figura cayó en el olvido[2], algo que no aconteció con decesos de artistas tan alejados de nuestra cultura como Ingmar Bergman o Michelangelo Antonioni.

Caso curioso porque en sus primeras obras existió una conexión implícita con el cine Latinoamericano. Asimismo, ya sea por crear historias durante un contexto político dictatorial -otro factor histórico en nuestro continente-, o por ser testigo ocular de la  pobreza de su país, este director tuvo la vocación de gran parte del cine de vanguardia de América Latina, sea éste clásico o Nuevo Cine Latinoamericano, dedicado a expresar en sus creaciones un nexo ineludible con lo social.

¿Villar del Río o Pancho Villa?

Para los críticos y seguidores el mejor período creativo del cineasta fueron las obras realizadas durante la dictadura de Francisco Franco. Pese de que hablamos de un régimen autoritario, el contexto es más propicio para la creación artística de lo que se pueda suponer. En la década de 1950 el gobierno de facto llevaba más de diez años de funcionamiento y existía un pequeño “relajamiento” de sus mecanismos coercitivos de poder. Por otra parte, comienzan a organizarse los  movimientos universitarios y la juventud comienza a tomar mayor vuelo, expresando su malestar de forma colectiva.

Berlanga comienza a idear historias lo suficientemente cínicas e ingeniosas que escaparon parcialmente de las instituciones de censura, las que a veces no eran lo suficientemente rigurosas, ni conscientes de las repercusiones que podría tener un film con una metáfora de alcances políticos.

Con “Bienvenido Mister Marshall” (1953) inaugura un universo sui generis caracterizado por historias que transcurren dentro de pueblos remotos, despoblados, pobres, prácticamente incomunicados de un gobierno central, en los cuales acontecen eventos totalmente disparatados y que implican a una gran parte de sus habitantes.

El film coral aborda el arribo al pueblo de Villar del Río de la comitiva estadounidense “Marshall”, en alusión al plan de ayuda económica prestada por los Estados Unidos a los países europeos después de la Segunda Guerra Mundial. El delegado general del Gobierno español, que ni siquiera es capaz de recordar con exactitud el nombre del poblado, le avisa a Don Pablo, alcalde y dueño de los principales servicios de la localidad, sobre la inminente visita que traerá el progreso y los recursos que se necesitan para construir una locomotora.

El anuncio moviliza a todos los habitantes. Se preparan a recibir a los extranjeros llenando de banderas y carteles las calles, comprando trajes típicos andaluces, ensayando a coro canciones de recibimiento, mientras una avalancha de sueños y expectativas materiales se apodera de los personajes. Los norteamericanos, llegan finalmente, pero no en los términos imaginados. Berlanga hace referencia al abandono de los agricultores por parte de las autoridades nacionales e internacionales, además de criticar la condición de aislamiento español, y de una Europa que no alcanza llegar hasta la península ibérica.

Una mirada más idílica de la pobreza se aprecia en “Calabuch” (1956), otro pueblito olvidado por el mundo en el que se refugia de manera incógnita el profesor Hamilton, un genio atómico buscado por una nación indeterminada que busca mantener en secreto el conocimiento científico del protagonista. El encuentro entre “retraso” y “civilización” más que provocar conflictos se desarrolla de forma armoniosa. Mientras el sabio se convence de que la tranquilidad y simplicidad de los habitantes es la verdadero clave de la felicidad, los lugareños al descubrir la verdadera identidad del genio y de su inminente captura, deciden defenderlo desempolvando los antigüos cañones y las armaduras romanas para protegerlo de las superpotencias.

Plácido (1963)

El retrato de la precariedad deviene en mordaz caricatura en “Plácido”(1963), cinta que muestra la campaña franquista “sienta un pobre a tu mesa”, que promovía que las familias de mayores recursos pudiesen compartir la cena de Navidad con un indigente. Aquí, la caridad tiene algo de crueldad: un locutor de radio entrevista en vivo a un pobre en medio del festín, otros tragan como salvajes los banquetes dispuestos para ellos, e incluso un menesteroso fallece y los burgueses traman cómo deshacerse del cuerpo, por lo que necesitan de los servicios del transportista Plácido, un hombre que lo único que espera es recibir una paga para cancelar una cuota de su nuevo vehículo. El trabajador es obligado por los ricos a trabajar toda la noche a cambio de una pequeña suma de dinero. La paradoja es explícita: Plácido termina siendo más discriminado que los pobres, por el mero hecho de no ser lo suficientemente pobre.

Detrás de la que es considerada una de las cintas más logradas del valenciano está el genio de Rafael Azcona, el guionista más importante de su país. Su participación en el equipo creativo incluso potencia en extremo la puesta en escena típicamente berlanguiana: planos largos de seguimiento, personajes con ademanes exagerados y que hablan al unísono, personas que se cruzan y entrecruzan formando un estético baile caótico. No es por nada que Berlanga es mejor conocido por ser el director del exceso, el maestro del esperpento.

Sin duda, la mejor evidencia de los nexos del cine latinoamericano con la obra del español nos remiten una vez más a Bienvenido Mister Marshall y en palabras del mismo creador. “La primera sinopsis que escribimos Bardem (guionista) y yo era un drama rural, al estilo del cine del Indio Fernández. Los productores nos dijeron que por qué no hacíamos algo más divertido. Entonces la primera idea que tuvimos fue hacer algo sobre la Coca-Cola y el vino”.[3]

El cine referido es la obra de uno de los artistas más importantes de la historia del cine mexicano. Emilio “Indio” Fernandez  realizó dentro del período llamado la edad de oro de la industria cinematográfica de su país (1935-1958), tiempo en que realizó dramas de corte nacionalista donde proyectó la imagen de los tipos nacionales, (indígenas, las mujeres y campesinos), a través de una estética propia y una cuidada fotografía.

La influencia se consideró un tanto riesgosa para la España franquista debido al significado de asociarse a una figura de un ex combatiente de la revolución mexicana y aprendiz de cine gracias a su cercanía a Sergei Eisenstein, el creador del lenguaje cinematográfico propiamente marxista. Berlanga termina convirtiendo todo el orgullo del estilo del indio Fernandez en un delirio cómico, rayano en lo bizarro, trabajando con símbolos , referencias y símbolos propios de la cultura española

Todo los elementos de Villar del Río son un perfecto simulacro: la comarca donde transcurre la historia a pesar de poseer las características de una localidad sureña o andaluza, es en realidad una zona en las afueras de Madrid; Lolita Sevilla, la cantante de música folclórica y actriz impuesta por los productores, aparece haciendo rutinas de canto como en los filmes políticamente correctos, pero de una forma mordaz; en vez de mostrar de forma orgullosa a los campesinos, se ríe de sus defectos y debilidades; también se ríe de la candidez del alcalde, disfrazádolo incluso como un vaquero salido de un western del lejano Oeste.

Imágenes superiores: Los Jueves, milagro (1957)

O la beatitud y religiosidad en clave herética en “Los jueves, milagro” (1957), donde cinco autoridades del balneario de Fontecilla  inventan una aparición celestial al estilo de la Virgen de Lourdes, en el que disfrazan a un anciano de San Dimas para popularizar al pueblo alrededor del mundo. El impostor se presenta en la periferia frente a un pobre, disfrazado con una túnica vieja, con una aura, con música de vitrola de fondo y excesivos fuegos artificiales. Todos los esfuerzos encaminados a desatar el fervor de la comunidad y lograr por fin que el tren expreso de las 18:00 horas se digne a detenerse en el poblado.

Con todo el ingenio y la creatividad desaforada de sus historias, de las situaciones absurdas e inverosímiles, el español imprime  una “esencia” totalmente humana e incluso inocente en cada uno de sus personajes. Porque las historias  estrambóticas son un maquillaje de un cine mucho más complejo y sensible.

Durante sus últimos años, la vejez le jugó una mala pasada al viejo Berlanga y todo su genio creativo se dio en pequeños momentos de lucidez. “El dolor me jode, pero morirme me jode más”, explicaba en una de sus últimas entrevistas. Porque quizás ese era el misterio de la sensibilidad de Berlanga: más allá de la crítica, del intelectualismo y de la mordacidad, se trataba simplemente de un ser humano testigo de su época y con unos locos deseos de expresar lo que más amaba: la vida.

Última aparición de Berlanga, campaña Médicos Sin Fronteras:


[1] En estricto rigor su primer largometraje fue “Esa pareja Feliz” (1951) codirigida con Juan Antonio Bardem.

[2] Luis García Berlanga llegó a estrenar sus obras en las salas de cine. Fue el caso de “La vaquilla” (1985) por lejos, una de sus obras con mayor éxito comercial.

[3] Caparrós Lera y Llorenc Esteve, Aproximación a Bienvenido Mr. Marshall (1952) y Calabush (1956), disponible en http://www.publicacions.ub.es/bibliotecaDigital/cinema/filmhistoria/Caparros-Esteve.pdf

 

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