La rubia con laca

Fotografía: barbiebeauties.wordpress.com

Cuando niña estaba enamorada de mi papá, o al menos eso sentía a los 7 años en mi vaga concepción del amor. A esa edad me fui a vivir con él, un hombre mujeriego, cómodo y machista, acostumbrado a ser atendido y no a servir, a ser el alma de la fiesta, libre de responsabilidades paternales. Ahora ya con 26 años, la verdad es que de este pseudo recuerdo que me avergüenza reportear, me quedo con el testimonio de las esquelas de corazones y el lapicero con palitos de helado y témpera.

Al comienzo no fue fácil, sus habilidades domésticas eran nulas: nunca planchaba mi delantal, aplastaba mi cabeza con excesivo gel y era la única niña de mi curso sin estuche. Ya que éramos sólo los dos, yo me ponía celosa de todas las mujeres que llegaban al departamento, y cuando él se encerraba con alguna de ellas, yo fingía dolor de guata o me ponía llorar por síntomas que no existían. Ellas me odiaban, lo sé, incluso a esa edad ya lo sabía. Las ignoraba, hacía pataletas, y le decía a mi papá que ellas me trataban mal, incluso llegué a decir que una de ellas me pegaba (los niños si mienten y también manipulan) mi papá indignado por el mal trato que estás mujeres le daban a su hija, las expulsaba de la casa y yo sonreía gloriosa con mi triunfo.

Un día mi papá organizó una fiesta con un amigo y dos mujeres que él besaba en la boca cariñosamente y por igual, una de ellas era de pelo oscuro y recuerdo que no me pareció muy bonita, la otra en cambio era rubia, con una chasquilla llena de laca y joyas ruidosas en la muñeca, tenía un escote que llamó mi atención, no me acuerdo bien del vestido. Cuando ellas llegaron mi papá me encerró en la pieza y me puso el canal 11 – el Cartoon Network – yo desde ahí escuchaba risas y sólo pensaba que una de ella me quitaría a mi papá, así que cada cierto rato salía de mi escondite y le decía a él “lo mal que me sentía”. Ese día me hizo cariño en la cabeza hasta que al fin me dormí.

A la mañana siguiente la rubia de chasquilla con laca buscaba desesperada por toda la casa un aro dorado que ella tanto amaba, así que todos nos pusimos manos a la obra: mi papá, la morena, la rubia y yo buscábamos la preciada piedra color oro. Hasta que yo di con el tesoro. Estaba oculto debajo de una cama. Lo primero que hice fue decirle a mi papá a lo que él me respondió:

– No le digas, así ella tiene una excusa para volver.

Le dije que sí, que no diría nada y me guardé el aro en el bolsillo con mirada cómplice, a lo que mi papá asintió con la cabeza. Pero la verdad yo no quería que ella ni nadie volviera, así que cuando se iban y mi papá estaba a punto de cerrarles la puerta, corrí hacia ella y le dije:

– Encontré tu aro.

A lo que ella agradecida me abrazó, mi papá sonrió y me felicitó por mi hazaña.

Él tenía razón, nunca más volvió.

 

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