La Lectora

Collage realizado con: Red Bottles (Christian Hauzar), Sweet (Bart Ruigrok) y Ball-Keh (Dien Nguyen), en 500px.

De pronto estaba muy en los aires del muerto corazón de Santiago, vigilando sendos funerales constantes. Y me quedé inmóvil cual un ciudadano frente a lo incierto de cada día. Y no pude llorar, pues mis ojos se habían ido con los flancos de una muchacha adolescente, vestida como una antigua meretriz de experiencia, que me miró tímidamente al pasar frente a mi cuerpo, dejándolo impregnado de una estela que le seguía con aroma a colonia de bebé. -La vida ha sido esto- me dije, como consolándome de algo que no entiendo aún. El universo está hecho de lágrimas; la risa proviene de manicomios y mansiones, el resto de los paisanos cree reír cuando genera muecas odiando algún objeto y en la mofa aterrizan pensando que aquello es la sonrisa. Yo prefiero abstraerme en una gélida birra barata y mirar por la ventana de este bar como el sol junto con todos se pierde en el ocaso.

Llevaba doce horas bebiendo y fumando, no pretendía batir ningún record, sin embargo, cada vez más, superaba la pequeña marca de un par de horas de jolgorio, de cuando la bohemia era alegre y alguien me esperaba ansiosa en algún lugar cálido del que costaba mucho salir con vida. Cambiaba de contertulios cual de paisajes mi visión y me atiborraba de historias al igual que mi vaso de aquella cerveza ya desvanecida, con un interés sobrenatural que al minuto siguiente desaparecía en el olvido.

Se me había manchado mi camisa favorita, pero en el negro de la tela lo oscuro-sangre de la medalla de vino no brillaba advirtiendo mi grado de borrachera. En el último momento, es decir, aquel cuando el dueño del garito se acerca y sugiere -no pedir otra ronda y cancelar la cuenta-, aun habiendo, todavía, dos botellas de vodka cerradas sobre la mesa.

Olvidé por completo a mi buen amigo Raúl Quezada, que borracho intentaba seducir a una muchacha que nos siguió desde el bar anterior, convencida de que Raúl era un hombre cosmopolita, cuando la realidad era que estuvo algunos meses en Madrid trabajando de albañil para poder regresar a Chile desde un intento fallido por una calidad mejor de vida en el extranjero.

Yo, miré alrededor para buscar en la panorámica alguna imagen que pudiese traducir a la escritura. Soy escritor, a pesar de que no suelo mostrar a nadie las cosas que escribo, ya que me avergüenzan. ¿Para qué hablar -o mejor dicho escribir entonces- a esa altura de la madrugada, lo que es posible observar en aquel contexto?

Fuera de la ley está todo lo que el hombre desea, es un hecho empírico que podemos comprobar cuando alguien, con la suficiente debilidad o la suficiente fortaleza, quiebra uno de los limites que exige la normalidad y el bien de la cultura occidental. El hombre promedio, ordinario, simplón, lo podría ver en vivo, experimentarlo, evitando las películas malas, esas basuras de Steven Seagal, esas series idiotizantes de prensa amarillista y morbosa y las paginas rojas de diarios populacheros. Si tan sólo aquél hombre domado frecuentase la noche y sus desconocidos misterios, en cualquier lugar del mundo, ese hombre sería libre o, por lo menos, su depresión tendría algún “sentido lógico” y lo configuraría como individuo y no como un simple sujeto -a lo que se le imponga-.

No obstante, de cualquier forma, bien y mal se vuelven un todo que ya no es posible definir, y el peligro también es una ilusión similar a la posibilidad de un golpe de suerte que te convierta en millonario de un momento a otro, haciéndote olvidar el tormentoso día de ayer donde seguías siendo nadie.

De manera que regresé a mi propio tema, después de la divagación, y logré observar lo de siempre: nada nuevo a lo largo de la historia oficial. Grandes grupos similares a jaurías, hombres y mujeres en asimetría numérica que, a diferencia de la estadística brindada por el estado oficial, inversamente proporcional, en aquellos estados particulares de la existencia, habían cuatro hombres por cada mujer. En este caso, aún más concreto que yo observaba, eran diez almas solitarias: dos mujeres y ocho caballeros.

Es curioso ver lo similar del ritual de apareamiento de los perros, con estos sujetos. La diferencia es qué en la lucha de los machos por ser el más apto, aquí no había disputas de garras y colmillos y sangre, aquí se peleaban por pagar la cuenta, demostrando su poder adquisitivo, que indudablemente, en aquel espacio del tiempo, no aseguraría nada de lo que el futuro pretende en las imaginaciones de las potenciales parejas, para una mujer.

Las hembras disfrutan y se aprovechan de esta situación cultural filogenética y muchas veces ni siquiera para elegir a alguno de sus comensales, solamente buscan diversión gratuita. No es una reflexión para nada misógina, si yo fuera una mujer, haría exactamente lo mismo.

Obviamente, me resultaba decadente el estar financiando la verbena de una muchacha, con una pretensión nonata de compañía efímera que aliviara mi lujuria solitaria. Y me alejé de Raúl y la chica que bebía como un cosaco después de la victoria, vaciándole los bolsillos a mi compañero.

Caminé hacía el baño recorriendo los pequeños espacios entre las mesas el camino de mi destino. Y en la esquina de un muro, donde pendía un cuadro horrible de cómo era Santiago en los comienzos de la urbanización, divise una mujer sola, una solitaria chica que bebía un gran copón de cerveza mientras leía un pequeño libro con una portada desteñida que no logré definir. Sus ojos se levantaron hasta mis ojos que la veían impactados por lo sublimemente extraño de la escena sumado a su belleza melancólica que moría desasida en las bocanadas de humo de su largo cigarrillo.

Existe un paradigma subjetivo -del amor- respecto a la “primera vista”. Si bien no suelo creer en nada y menos en “eso”, en algo tan vulgarmente estereotipado, en aquel instante sentí que debía acercarme y confirmar que sus ojos decían que deseaban mi siguiente paso hacia ella, conocerme y amarme inmediatamente.

Una vez al lado de su mesa, le dije –disculpa, puedo hacerte una pregunta- y ella sin mirarme me respondió –si, dime-. Le pregunté que qué libro estaba leyendo, a pesar de que ni siquiera me importaba salvo para iniciar una conversación, en el caso de que yo hubiese leído también ese libro.

Me resultó impactantemente agradable que su respuesta fuese una acepción de mi intención original y me dijese que no importaba el titulo del libro sino que yo me hubiese acercado hasta ella.

Le pedí si aceptaba mi compañía, si bien no quería gastar dinero en mujeres, le ofrecí invitarle el próximo trago. Una paradoja habitual en mí, que viaja constantemente en mi pensamiento, mis actos y en mis bolsillos.

Y después de volver del baño la acompañé en su mesa y comenzamos a conocernos. “Conocernos” entrecomillas, ya que solamente le hablé de mis triunfos, que tampoco son muchos pero por lo menos dan para unas jornadas de conversación interesante. Ella quizás me dijo su nombre más de una vez, pero sigo sin recordarlo.

Me bastó sólo esa única hora para enamorarla de mí y viceversa. Le hablé de mis poemas, de mi idea de escribir el guión de una película y uno que otro cuento de amor que había escrito en circunstancias similares a la que estábamos experimentando, como planteándole, indirectamente, que estar conmigo la iba hacer inmortal. Y en el fabuloso y condescendiente amparo de lo desconocido, pude ser el hombre que quizá ella siempre deseo. La sonrisa imborrable de su bello rostro sumado al brillo lúbrico de sus ojos, confirmó mi conveniente hipótesis.

Esa noche, no recuerdo bien el por qué, pero llevaba en mi billetera una suma abundante de dinero. Olvidé decirles que amo al dinero, que siempre y de cualquier manera está en mi cartera, rebosante y dispuesto a pasar a otras manos contagiando mi virulenta apatía capitalista.

La invité a salir de ahí, de ese bar; ya era de día, el día siguiente o el mismo día con otro nombre y el cielo claro, la verdad es que en determinadas circunstancias el tiempo y el espacio no importan. Creo incluso que en un arrebato impulsivo le propuse irnos de viaje a la costa, a Coquimbo. Quería que ella estuviese conmigo en los sitios más románticos para mí. Me agradó su compañía y la charla de sobremanera, me obnubilé con su persona y caí en una suerte de hechizo que incluso me hizo olvidar preguntarle nuevamente su nombre, de forma disimulada obviamente, para dejar de ser así de grosero, y solo decirle guapa, linda, querida, etc. Sentí que sabía quién era y ella aceptaba todas mis propuestas sumisamente airosa, como una mascota con los ojos dilatados, esperando inconscientemente ser comprada por un niño bueno.

Al salirme del bar, con ella de la mano, no pude ver a Raúl ni a su rehén -o a Raúl y su secuestradora-, mas no me importó en lo absoluto -lo mencionó porqué hasta a mí me da asco mi indiferencia para con la gente que amo-, solamente quería finiquitar con un beso la conversación con la lectora y quizás darle un broche de oro a mi aventura, en alguna cama cualquiera de un motel relativamente barato.

Con la convicción de mi lado, mientras esperábamos un taxi para ir a mi apartamento en busca de algo de efectivo y ropa para cambiarme, acerqué a la lectora a mi cuerpo y la besé con ansiedad suave, para que ella, a su vez, me derritiera en su boquita alborotada por mi lengua. Todo iba tal cual el ideal del mundo, de mi idea del mundo. Bohemio.

Al llegar a mi hogar, la vi tenderse en mi cama con el gesto de un familiar cercano que desea descansar. Me miraba de reojo mientras yo buscaba mis pertenecías para armar la maleta y partir al improvisado e irresponsable viaje que le había planteado anteriormente, con esa certidumbre absurda de los alcohólicos sin el instante de lucidez que los devuelve a la penosa realidad de que nada es lo que parece. Y no pude evitar el dejar mi actividad y arrimarme a su lado. La besé y puse mis manos alrededor de su cintura, la apegué a mi vientre. Ella tendió en un momento a alejarse. Quizá todo iba muy rápido para lo establecido por esa ley inexistente de lo correcto y lo incorrecto, que opera en forma determinante en nuestras personalidades de sujetos, sujetos a la moral que nadie sabe cómo ni cuándo somos capaces de romperla para configurar en nuestros espíritus lo que se conoce como intimidad, como secreto, pero no continuó con la resistencia.

Fotografía (fragmento): Sweet, de Bart Ruigrok, en 500px.

Le mordí el cuello mientras le quitaba la chaqueta, le acaricié una teta deslizando suave mi palma por la apertura de su grosero escote. Ella suspiraba cada vez más alterada, más agitada, más trémula. Le quité el vestido, dejándole expuesta la belleza de la lencería que le cubría la dulzura de su figura de hembra desnuda. Hacía algo de frio, era invierno -aunque siempre lo era para mí y mi departamento-, los ventanales del cuarto empañados parecían derretirse en gotas de cristal. Pero antes de desnudarla por completo me dediqué a acariciarle todo el cuerpo expuesto a mis sentidos, la observé lentamente, la olí -ya era suficiente con lo que la había escuchado-, cada detalle, le conté los lunares, las pecas, le vi esa pequeña manchita de nacimiento en el final de la espalda y mi lengua también quiso probar lo que mis ojos habían visto, lo que mis oídos habían escuchado.

Su cuerpo hervía y toda mi sangre también. Me quité la ropa cual si fuese una armadura de pesado metal al rojo vivo, que mi cuerpo no soportaba cargar ni un minuto más. Creo que batí el record de rapidez al quitarse las prendas. Me subí en su cuerpo tendido abriéndole las piernas, la seguí besando tan desesperado que parecía una bestia hambrienta disfrutando un voluptuoso manjar infinito, para siempre.

En lo personal, llevaba varios días sin poder follar sin tener que pagar, varios días de no sentir el deseo como algo mutuo. Disfruté tanto cada orgasmo mío como los de ella, que si bien no recuerdo qué cosas pude haberle dicho en aquel estado catártico, estoy seguro que fueron muchas palabras de amor, poesía pura.

Ciertamente el desgaste, incluso a un joven impetuoso y que vive cada día como el último, consciente de la muerte como única certidumbre, también tumba inconsciente en la cama. Pero esa mañana, fue distinto el dormir. Por primera vez en varias noches, en varios días, o en lo que sea como se determine la existencia, pude conciliar el sueño, descansar sin las pesadillas y el insomnio que me traía vuelto loco desde hacía varias semanas. Esa mañana al verla cerrar los ojos y dejar escapar un tenue ronquido similar al ronroneo de un gatito enamorado en agosto, sonreí y también cerré los ojos, esta vez, sin forzar a mi sistema nervioso central, y dormí apegado a su calor, a su espalda pecosa y tatuada; como quien montase un dragón de oro que lo llevase a un paraíso del que de ninguna manera pretendiese volver.

A la tarde siguiente o mejor dicho a la siguiente vigilia, cuando desperté, sentía mi cabeza con un peso similar al del resto de mi cuerpo obeso por la verbena. Mi boca estaba tan seca como los lagrimales de mis ojos. Sin verme podía saber a ciencia cierta lo patético y horrible que me veía, pero recordaba perfectamente que alguien debería estar a mi lado.

Al girar y descubrir que no estaba, ni ella, ni su ropa sensual, ni su olor a bar y mujer, me desesperé de tal manera que olvidando mi invalidante cansancio, me levanté de la cama como un cobarde al sentir un sismo, desesperado y alterado, rápido, con gestos de espada oxidada y asesina. La busqué en el baño, en forma de una ducha culposa cual la de una niña que se siente “sucia”, en el pasillo, arrepentida de caer en los brazos de un tipo como yo, sucio: y nada. Luego elucubré desde mi prejuicio qué una mujer “como todas las mujeres que uno cree conocer”, después de tal aventura, no se hubiese marchado de esa manera, sin siquiera despedirse, sin decir nada, ni siquiera su nombre; o por lo menos, en vista de lo sucedido, haberme cobrado algo de dinero.

Mi furia y mi sensación de abandono tras el amor, me llevaron a radicalizar mi juicio y busqué en los bolsillos de mis pantalones y en los cajones de mis muebles, todas las cosas de valor que tenía guardadas y que podían ser utilizadas como garantías de pago. Todo estaba en su lugar, incluso habían un par de billetes más de lo que yo poseía y una cajetilla de cigarros encima de un libro.

¡El libro!, el libro que ella leía aquella noche en el bar, lo había dejado ahí, sobre mi mesa, echando por el suelo de mi prejuicio todas mis conjeturas macabras de vividor.

Una sensación extraña me inundó, era algo así como la paz de lo estático mezclada con la incertidumbre de cada jornada laboral, pero adornada además con una resaca maldita y un estado psicológico de vacío perenne que no me dejaban razonar sobre lo sucedido y probablemente hubiese podido alimentar para el resto de su vida a un psiquiatra inescrupuloso.

Me acerqué a mi nevera y sin nada de hambre producto de la chorrillana que me había servido, con Raúl, un día y medio atrás, cogí una lata de cerveza y me senté en el sofá a intentar meditar sobre el acaecer de mis días. No obstante, todas las imágenes que se me venían a la mente eran recuerdos difusos que no tenían relación ni sentido en derredor de la persona de aquella mujer que a esas alturas me había traumado. La muchacha, la muchacha, la muchacha que leía sola en una cantina miserable.

De pronto, tras la cuarta lata de birra, retomé la conciencia o un estado de decisión muy parecido a ella pero que, por lo menos, te deja actuar sin temores. Y me paré del sillón. Y me bañé y me vestí, dispuesto a salir nuevamente en busca de aventuras, y de esa aventura de la noche pasada en particular. Pensé que ella podía estar ahí nuevamente, que querría recuperar su librillo y que quizá podría de paso darme una explicación, aunque no fuese profunda ni convincente, aunque no fuese lo que yo quería escuchar. Me considero un hombre con demasiada experiencia como para sufrir por una mujer.

Llegué al mismo bar, vi pasar las horas y desfilar los vasos sobre mi mesa. Vi gente que entraba y salía. Espere, desespere y bebí todo con serena ansiedad; pero nada, ni señales de ella.

Aquella patológica rutina, duró alrededor de una semana, de dos fines de semana. Creo incluso que los dueños del local ya me consideraban un parroquiano -lo digo en vista de que varios tragos fueron cortesía de la casa-. Y nada. Nada de la lectora.

Una noche y ya habiendo renunciado a la obsesión malsana que me había atrapado como a un ratón iluso en una trampa mortal, considerando también ya aquel libro, que ella había dejado en mi apartamento, de manera intencional o no, de mi propiedad; por primera vez desde aquella velada exquisita, me puse a ojear el librillo, a leerlo. Le faltaban algunas páginas, se notaba a simple vista, y no poseía prologo ni ninguna leyenda que lo identificase en cuanto a su contenido y autor. Parecía solamente un manojo de hojas de un relato cualquiera, sin trascendencia alguna.

Y comencé, tras encender un cigarrillo y estar abatido por el aburrimiento, la soledad y el vodka, a leer el contenido.

Cuál fue mi sorpresa y mi total asombro, al percatarme anonadado de qué cada página que leía, contenía todos los detalles, hasta el más mínimo detalle de lo que me había sucedido con ella, cada palabra, cada imagen, cada escenario, todo.

En aquel “libro” estaba todo dicho de antemano.

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