La corriente se lleva al héroe

Fotografía (fragmento): "Old Hand", por Dave Wilson, en 500px.

Siempre callado, expuesto a las inclemencias del clima, en el sur, en donde los extremos se unen, mi tío blandía con su rostro el hielo del invierno y dejaba que el sol de verano se posase sobre su dorso marcando con manchas en la piel su presencia.

A mis seis años, recuerdo verle andando a caballo, con la mirada gacha y el sombrero ladeado entregándole a su cara cierto misterio que le hacía parecer un personaje de western. En esa misma época de mi infancia, sucedió que una vaca había caído en el canal de regadío del campo en donde él trabajaba y mi familia, y yo, le visitábamos en las vacaciones. El canal tenía una orilla de un metro y medio antes de empezar el agua. Sus compañeros de faena, que veían la escena, se observaban entre sí resignados a dejar que el animal continuase sus pataleos hasta alcanzar la muerte. Mi tío, en cambio, no dudó ni un instante en realizar una maniobra tremendamente osada. Sacó una cuerda que llevaba colgada a un costado de su caballo y se la ató en la cintura, amarrando el otro extremo a un árbol que estaba al costado del camino de tierra. Cuando vi aquello me sentí orgulloso. En cambio, mis padres le gritaban para que desistiera.

El canal llevaba una corriente traidora que se lo podría haber llevado. La vaca permanecía en su lugar debido a que sus patas estaban enredadas en unos arbustos. Mi tío se metió al agua, se desató la cuerda y la amarró alrededor de la vaca. Esta daba patadas, las cuales milagrosamente no le dieron a él. Luego, con ayuda de todos, logró salir a la superficie. Ordenó a sus compañeros que junto a él tomasen de la cuerda y arrastraran hacia el exterior a la vaca. Con mucho esfuerzo, la misión de mi tío se vio recompensada: el animal salió del agua como si nada hubiese pasado. Luego, él la amarró a su caballo y la guió por el camino hacia el establo. Mi tío, siempre callado, me dirigió una sonrisa. No pude evitar pensar aquella frase de Cuando grande quiero ser como él.

Sin embargo, sucedió que el dueño del campo en donde trabajaba mi tío, se vio en la necesidad de vender su terreno con lo cual dejó cesantes a sus trabajadores. Algunos de estos habían reunido dinero y se pudieron comprar hectáreas en las cuales sembraron trigo y hortalizas. Mi tío, en cambio, lo que tuvo de trabajador y esforzado, no lo tuvo de previsor, por lo tanto no ahorró. Así, al verse cesante, regresó a la casa del pueblo junto a mi abuela. Ahí, se dedicó a vivir cómodamente de la pensión de ella, a quien cuidaba con mucha paciencia.

En un tiempo de vacaciones, le fuimos a visitar a la casa. Yo estaba más grande. Tenía doce años. Mi tío estaba gordo y había perdido la mirada de hombre de campo. Recuerdo un día en el cual se encontraba en el patio tomando mate junto a unas vecinas. Yo andaba en el jardín trasero dándole de comer a unas gallinas que criaban. Al verme, me llamó. Me pidió que fuese a comprar pan para la once. Me pasó el dinero y acudí a ello. Antes de salir, escuché a mi tío hablar:

-Sí, esa Inés. Supieran ustedes la última copucha que tengo de ella. Me la contó el Ivancito, su nieto…

Camino en la calle, en dirección al almacén, no pude evitar tragar saliva. Sentí como si algo en mí también hubiese muerto.

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