José Miguel Martínez y los “Hombres al Sur”

“El diablo en Punitaqui” (2013) se llamó su primer libro, un conjunto de relatos en que la violencia y el matonaje de un personaje llamado el gordo Granola, se asomaba en distintos niveles por cada una de las 12 historias de un volumen que un año antes, ganó el premio al mejor libro de cuentos inédito del Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile. José Miguel Martínez, de 29 años, arquitecto de profesión y escritor de vocación, acaba de lanzar su novela “Hombres al sur” (Tajamar Editores), que él define como “un western a la chilena”. Se trata de la historia de un padre en la última etapa de su vida, que viaja por el Chile de 1851 para encontrarse con su hijo en Punta Arenas, cuando la ciudad era una colonia penal.

Martínez se adentra en la relación de un padre distanciado de su hijo, con todas las fisuras emocionales y sicológicas que trae consigo este vínculo afectivo, pero además, se anima a sacar a la luz un hecho real del Chile del siglo XIX: el Motín de Cambiaso, parte olvidada de nuestra historia.

En esta entrevista, Martínez habla de la transición entre un libro de cuentos y una novela, de la inspiración para crear “Hombres al Sur”, de la influencia que ha tenido el cine en su trabajo como escritor; y también comenta y reflexiona sobre literatura chilena.

José Miguel Martínez

José Miguel Martínez

-¿Cómo es el proceso de creación de un escritor emergente al pasar del género cuento al género novela en menos de tres años?

Después de «El diablo en Punitaqui», tenía ganas de escribir una novela. Estaba leyendo muchas novelas en ese tiempo, y eso debe haber influido. Escribí una novela de 200 páginas, entonces, una suerte de secuela de Punitaqui: «Matar al gordo». Pero no quedé satisfecho con el resultado. También era sobre gángsters, el mismo universo del libro anterior. Se trataba de un sicario joven, con un padre enfermo, al cual se le encargaba asesinar a una leyenda del negocio: el gordo Granola. Entonces el sicario joven se iba de viaje, con su padre enfermo -al cual cuidaba-, en busca de Granola. Era un road trip, que iba de Villarrica hasta Santiago. El problema fue que nunca pude dar con el tono correcto para la novela; a ratos era paródica, a ratos existencial. Además, «Matar al gordo» estaba llena de códigos del western. Mucho balazo, mucho duelo entre pistoleros. Todo eso se coló después en «Hombres al sur», además del tema principal: un padre enfermo, un hijo asesino.

-¿De dónde nace la inspiración para escribir «Hombres al Sur»?

Son varias aristas. Principalmente, tenía ganas de escribir un western. En segunda instancia, desempolvar un hecho real de la historia de Chile del siglo XIX: el motín de Cambiaso.

-Podrías contarnos en que consistió “El motín de Cambiaso” y que te llamó la atención de este hecho.

Punta Arenas se fundó en 1848 como una colonia penal, con la intención de enviar presos políticos al lugar más aislado del país. Tan aislada era esta prisión, que solo pasaban barcos nacionales dos o tres veces al año. A fines del año 1851, la colonia penal se vio envuelta en un sanguinario motín, encabezado por el teniente de artillería, Miguel José Cambiaso. Durante un mes, Cambiaso se tomó la colonia, y Punta Arenas se convirtió en un hervidero de violencia y salvajismo, de locura colectiva. Y eso fue lo que me llamó la atención: que un caso tan brutal de nuestra historia fuera también tan desconocido, opacado por otros acontecimientos más grandilocuentes del siglo XIX chileno, como la guerra del Pacífico, por ejemplo. En el siglo XX esta historia se diluyó, y no fue retomada sino hasta 1950, en el libro de crónicas «Motín en Punta Arenas y otros procesos celebres» de Enrique Bunster, libro con el cual yo llegué a conocer el motín de Cambiaso.

¿Qué encontrará el lector en «Hombres al Sur»?

Encontrará un viaje por Chile, un recorrido a caballo por el mundo salvaje del siglo XIX. En definitiva: un western a la chilena. Pero también, esencialmente, encontrará la historia de un padre y un hijo.

-¿Y cómo es un western a la chilena? ¿En qué se diferencia del western estadounidense?

A pesar de que el western es uno de los mitos fundantes de Estados Unidos, y las películas lo han difundido en todo el mundo y hecho parte del imaginario colectivo a nivel global, el tema de los pioneros, la expansión territorial, los colonos, el hombre contra la naturaleza, etc., son relatos arquetípicos que aparecen en todas las culturas y países. En ese sentido, cada región tiene su western, y lo que hace que este sea un western a la chilena es, precisamente, que se sitúa en el territorio de Chile, con personajes y situaciones acordes a la época que se busca mostrar (el siglo XIX, particularmente el año 1851).

-¿Cuál es el balance que haces de tu primer libro de cuentos (El Diablo en Punitaqui)? ¿Cómo fue la recepción que tuvo en cuanto a crítica y público?

En general, estoy satisfecho con Punitaqui. No es un libro pretencioso -traté de ser lo más directo posible- y tiene varias cosas que me definen como escritor: el juego del montaje, la estructura no lineal de las tramas. Sobre la recepción crítica: me parece que estuvo bien. No puedo quejarme.

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-Sabemos por «El Diablo en Punitaqui» que bebes gran influencia del cine para escribir. En ese caso, aparecía mucho la presencia de Tarantino en los cuentos. Hay alguna influencia de alguna película o director en «Hombres al Sur»?

Muchas influencias fílmicas. Quizás demasiadas. A grandes rasgos: Sam Peckinpah, Sergio Leone, Clint Eastwood y John Carpenter. Este último es importante: a la parte del motín de Punta Arenas, en la novela, quise darle el tono de las películas setenteras/ochenteras de John Carpenter, esto es, mundos post-apocalípticos, abandonados a su propia suerte.

-¿Cómo ves la relación entre el cine y la literatura? En el sentido más amplio de la reflexión entre ambos soportes.

Son distintos medios que buscan lograr el mismo objetivo: contar una historia. Ambos hacen uso de las imágenes para narrar la acción. Comparten, además, el hecho de que la forma de narrar sea incluso más importante que el contenido mismo. Por supuesto, sus alcances son distintos. El cine no solo tiene el guión -la parte escrita- y la parte visual, sino también la sonora. La literatura se queda en el papel. No obstante, la literatura, en el sentido del objetivo (contar una historia), me parece menos acotada, más libre, que el cine. Lo que no sabría decir si es una ventaja o desventaja: los límites son buena manera de dar forma a una obra.

-Según tu apreciación, ¿cuáles han sido las grandes adaptaciones de la literatura al cine?

«El padrino» (1972) y «Apocalypse now» (1979) de Coppola, basada en la novela de Mario Puzo, la primera, y en «El corazón de las tinieblas» de Joseph Conrad, la segunda. «Blade Runner» (1982) de Ridley Scott, basado en «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?» de Philip K. Dick. «Hombre» (1967) de Martin Ritt, basado en la novela del mismo nombre, de Elmore Leonard.

-¿Has pensado en incursionar en el guión cinematográfico?

Alguna vez lo pensé. El 2014, de hecho, hice un diplomado en la Chile, en guión cinematográfico. Pero luego deseché la idea: me acomoda el formato literario.

-¿Qué guionistas del cine contemporáneo te parecen interesantes?

Me gustan las variaciones de cine negro que hacen Nicolas Winding Refn y Jacques Audiard. Ambos me recuerdan los mejores aspectos del maestro Jean Pierre Melville. Quentin Tarantino, por supuesto, tiene diálogos excelentes. Nick Cave ha escrito, a la fecha, el mejor western del siglo XXI: «The proposition» (2005).

Hombres al sur

-Tú eres arquitecto, ¿hay algo de tu profesión en tu prosa?

La arquitectura y la literatura son dos artes distintos. No se cruzan mucho, a decir verdad. Pero me parece que algo hay de la mirada del arquitecto en la estructura, en el montaje total de todo lo que escribo.

-Entiendo que trabajas como arquitecto, ¿cómo es tener una doble vida: arquitecto en horario de oficina, escritor en horario nocturno?

Es como tener dos pegas, efectivamente. Pero así es para todo el mundo que se dedica a la escritura. Además, hay que entender una cosa: uno no está escribiendo siempre. He pasado tiempos de cesantía y confieso que en esos periodos -a excepción de cuando trabajé religiosamente en el primer borrador de «Hombres al sur»-, incluso teniendo todo el tiempo del mundo, no escribía más de una o dos horas al día.

-¿Cómo ves el momento actual de la literatura chilena? ¿Te sientes parte de alguna corriente?

Creo que hay buenos narradores. Hay temas que se repiten, eso sí, por lo que es refrescante cuando aparece algún libro distinto al resto, que revuelva un poco el gallinero. Si tuviera que hacer una crítica, creo que falta un poco de humor. El humor, como clima, como atmósfera, me parece esencial en literatura. Sobre si me siento parte de alguna corriente: supongo que tendría que decir que me siento parte de la corriente de los autores de género. Me interesa una mezcla entre narrativa de acción atravesada por una suerte de existencialismo invisible.

-¿Qué autores nacionales son los que sigues? ¿Qué libros chilenos te han parecido interesantes?

Luis López-Aliaga es, para mí, uno de los mejores cuentistas chilenos. «La imaginación del padre» me parece un libro conmovedor. Me gusta la poesía de Leonardo Sanhueza, particularmente su «Colonos». También me gusta el espíritu de Francisco Ortega y Juan Ignacio Colil -a quienes pedí que presentaran «Hombres al sur»: encarnan, en mi opinión, la novela de aventuras y la novela negra chilenas de hoy en día, respectivamente. De autores más de vanguardia, respeto muchísimo lo que hace Carlos Labbé. Aparte de eso, confieso que no soy un lector muy ávido de contemporáneos. Soy bastante clásico en mis aproximaciones y siempre termino volviendo a don Manuel Rojas, el mejor prosista nacional del siglo XX. Sobre los libros chilenos que han parecido interesantes: «Hijo de ladrón», de Manuel Rojas, «Cuero de diablo» de Guillermo Blanco, «Los detectives salvajes» de Roberto Bolaño, «Diez» de Juan Emar, «Los asesinados del seguro obrero» de Carlos Droguett, «Muertes y maravillas» de Jorge Teillier y «Diez años en Araucanía» de Gustave Verniory (el autor no es chileno, sino belga, pero el libro es sobre Chile y publicado en Chile; es un libro chileno, al fin y al cabo).

-El año pasado se celebraron con bombos y platillos los 100 años de Nicanor Parra, escritor referencial para muchos narradores y poetas actuales. ¿Cuál es tu relación con Nicanor Parra?

Me gusta Nicanor. Pero más me gusta Jorge Teillier.

-¿Qué te gusta de Teillier? ¿Cómo definirías su trabajo?

Me gusta la nostalgia que atraviesa su poesía. Me siento afín a ese tono y, de hecho, traté de emularlo en la parte de las cartas de «Hombres al sur». Me gusta, además, su mirada del territorio chileno y de la vida de los pueblos. Yo lo definiría como un poeta del far west chileno –para entender esta afirmación, hay que leer su «Crónica del forastero» (1968).

-¿Estás leyendo algo en este momento?

Acabo de terminar de leer un novelón: «Felipe Delgado», del poeta boliviano Jaime Sáenz.

-¿Cuál es tu próximo proyecto?

Estoy trabajando en la traducción al español de una novela de James Baldwin, encargada por Tajamar Editores.

Hombres al sur
José Miguel Martínez
Tajamar Editores
344 páginas
Santiago de Chile, 2015

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