Jaime Pinos: Trabajo de campo

Trabajo de campo se llama la antología poética del escritor Jaime Pinos (Santiago, 1970) editada por la Liga de la Justicia y se estructura en cuatro partes: “Criminal”, “Almanaque”, “80 días” y “Documental”, este último apartado consta de poemas inéditos. Lo que podemos decir de entrada es que la poesía de Pinos es áspera, es una poesía dura, con fuertes trazos de crónica, la cual nos interpela de manera drástica, nos remueve en su radicalidad y denuncia.

Así parte la primera sección “Criminal”, la cual es un conjunto de poemas en torno a la imagen de un peligroso homicida y violador, el cual nos remite de alguna manera al sonado caso de Roberto Martínez Vázquez más conocido como “el Tila” que durante el año 2002 tuvo a toda la prensa y la opinión pública hablando de cárceles, seguridad ciudadana y reinserción social con, evidentemente, -dados los recientes casos del Sename y los índices delictivos-nulos resultados. El Criminal está ahí no solo para acechar a sus víctimas sino para demostrar con su existencia lo injusta, egoísta y putrefacta que es la sociedad chilena actual: “Pero si alguna vez me dieron algo / fue la condena de crecer en el encierro. / Desde niño, una cárcel tras otra. / Si alguna vez me dieron algo / fue tan solo para sacarse fotos” (p14). Porque primero fue víctima antes que ser victimario: “El informe psiquiátrico, / ordenado por el juez exclusivo que lleva la causa, / consigna el maltrato físico y el abuso sexual reiterado / a que fue sometido durante su infancia.” (p15). Lo que nos señalan estos trazos documentales poetizados, es que la criminalidad no es una anomalía aislada dentro de una sociedad. Por el contrario, es el residuo de lo que deja el neoliberalismo, un sedimento de desperdicios que al igual que un basural clandestino puede explotar por el gas metano acumulado en plena ciudad. El asunto aquí es que la escoria, para este sistema económico, son personas, sujetos que dentro de estas normas no valen nada porque no poseen nada y comienzan viviendo –siendo niños- en la indefensión más profunda, para terminar como forma de sobrevivencia dentro del circulo delictual. Porque es evidente, para Pinos, para nosotros y el hablante que: “El criminal no nace, se hace” (p17)

La segunda sección “Almanaque” posee flashbacks a la época oscura de nuestro país, los ochenta la dictadura de Pinochet -sin asomos aun de acabar- cuando gran parte de nuestra sociedad estaba militarizada: “Es 1985. 21 de mayo, día de las Glorias Navales. Acaba de terminar el desfile patriótico ante el pueblo congregado en la plaza y la calle principal. Al son de la banda de guerra, junto a las tropas de la Escuela de Alta Montaña y las Fuerzas Vivas, acaban de desfilar ante el palco de las autoridades.” (p33). Pero también hay un presente que igualmente contiene parte de la brutalidad del pasado, que se configura en el abandono a los más ancianos: “Diana Ortiz (69) / ex profesora, / la Madre. / Fue rescatada el sábado en estado de desnutrición extremo (29 kilos) / desde la pieza nauseabunda donde yacía peor que un perro, sola / comiendo trozos de colchón y sus propias fecas.” (p35).  O una indiferencia casi cruel la cual nos impide ver más allá de nuestras necesidades de compra. El ejemplo perfecto de esto es el poema “Música ambiental” que relata un suicidio en un mall: “[…] Pamela Pauchard (24) / ingresa a uno de los baños / cierra la puerta, corre el seguro, / con un cuchillo cartonero / se corta el cuello, los antebrazos / sangra, sangra / hasta consumar el suicidio, […]” (p39). Escena que nos remite a los otros suicidios que se comenzaron a realizar dentro de último templo del consumo en Chile, el Costanera Center que ya lleva 7 suicidios desde su apertura en el 2012. Un pasado dictatorial feroz que reverbera en su brutalidad hasta hoy.

Jaime Pinos. Fotografía: Radio UChile.

“80 días” son distintas prosas poéticas que hacen una descripción que la voz configura en torno a la ciudad. De esta forma aparecen lugares como el domicilio definido así: “acotado / espacio sentimental. Objetos como talismanes, metáforas nimias pero tangibles / de la propia biografía vestigios conservados para retener en la memoria la sustancia / de otros días, su aura perdida.” (p52). La memoria nuevamente es convocada para que nada desaparezca en la eterna bruma del olvido. Se recuerda pertinazmente como una forma de resistencia. También rápidamente en este recorrido por la ciudad se pueden ver las heridas que el paso del tiempo ha dejado en la urbe: “La ciudad está organizada según el principio de segregación / Ciudades dentro de la ciudad, los guetos se sitúan a uno y otro extremo de la escala social. / Arriba los ricos amurallados, consumen el producto de la acumulación. / Abajo, los pobres, a la intemperie, se consumen en el rigor de la supervivencias.” (p54). La ciudad es el reflejo de la desigualdad social, y varios Santiagos se superponen, desde el que empieza casi en la pre cordillera por allá en Las Condes y el último que termina antes de la carretera en Pudahuel. Estos Santiagos existen y viven pero en lugares estancos, jamás se conocerán más allá de las relaciones establecidas por el sistema neoliberal tan caro a la historia de Chile.

Por último esta la sección “Documental” donde su núcleo temático gira en torno a los incendios que estos últimos año han asolado a la zona centro sur del país. Pero para la voz poética el incendio de Chile no lleva meses sino que décadas: “ El fuego se inició hace mucho tiempo aquí / Tal vez con la bandera chilena hecha una flama / durante el bombardeo a La Moneda / Tal vez con la quema de libros en las calles / durante el estado de sitio /  Tal vez con Sebastián Acevedo como una antorcha / en la plaza Concepción / Tal vez con Rojas Denegri como una antorcha / frente a la patrulla militar que lo detuvo / Tal vez con Eduardo Miño como una antorcha / frente al Palacio de Gobierno” (p64). Chile como un lugar donde sistemáticamente distintos fuegos -en los últimos casi cincuenta años- han arrasado el país es lo que nos quiere desnudar la voz. El recorrido histórico así lo demuestra; desde la bandera y la moneda quemada durante el golpe de estado del 73’ hasta la quema a lo bonzo en el 2001 frente a la Moneda de Eduardo Miño, un trabajador desesperado por su enfermedad y por la nula ayuda del estado. El fuego como una metáfora de la iniquidad, la destrucción del tejido social, la democracia protegida y otros tantos males que nos siguen aquejando, es lo que nos quiere recordar el hablante.

Trabajo de campo es una panorámica no solo de la poesía de Jaime Pinos, sino que también es un ajuste de cuentas con una realidad que en muchos momentos ha sido brutal para un amplio sector de nuestra sociedad. Con las bondades del neoliberalismo solo para algunos y dejando a su paso una estela de injusticias y abusos. La memoria y la realidad son los ejes en donde se articula el trabajo de Pinos. Una memoria terca, que a pesar de todo el tiempo transcurrido está ahí para demostrarnos que lo que pasa en el presente está indisolublemente anclado en el pasado, que las épocas violentas se suceden y cambian las víctimas; primero los detenidos desaparecidos, ahora los casi mil chicos muertos del Sename, pero todo eso pertenece a una raíz de violencia común. Y la realidad que este Trabajo de campo -que tienen algunas disciplinas de las ciencias sociales para recabar información fidedigna- nos muestra. Ya lo dice el hablante: “¿Quién ha atravesado la ciudad y por única música / solo ha tenido los silbidos de sus semejantes, sus propias palabras de asombro y rabia? / Soló por saber dónde uno está parado, en qué mundo entre los mundos.” (p60). Ese es justamente el recorrido al que nos invita este poemario, recordar y saber todo lo que la oficialidad por conveniencia prefiere rehuir, de esa forma sabremos quienes somos y en cuales de esos mundos habitamos.

 

Liga de la Justicia Ediciones, Santiago, 2016. 76 pp.

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