Huevos con queso

Fotografía: Stepping into the ocean of emotion, por Robert Marcus Klump, en 500px.

Llegó directamente a golpearme, no dijo nada. Llegó sin emitir sonido alguno, cual un intrépido y voraz depredador, directamente a golpearme, a matarme.

Estaba algo, sino bastante, borracha. Algo eufórica por los polvos que veneraban a sus pequeñas fosas en el gran cementerio maldito de su rostro cautivador y vicioso.

Me abofeteaba aturdida y jadeante, y me decía: -maldito! -Hijo de perra! Incluso me llamó, metafóricamente hiriente, maldito bastardo.

Para ese entonces mi paciencia se había diluido, al igual que el cubo de hielo que reposaba tranquilo en mi vaso, acompañándome condescendiente en el trago de menta que bebía escuchando mis discos de tango amargo, solo y cansado de trabajar como obrero. Así que la sujeté violentamente fuerte de sus finos brazos blancos, sabiendo que los iba a pintar de purpura violencia. Los doblegué de tal manera que todo su dorso, separado solamente por la nube frondosa y suave de sus tetas, se apegó a mi cuerpo, dejando su rostro un poco más abajo que el mío, lo cual por lógica física, a su vez, hacía que ella levantara su mirada para hacer encajar sus facciones de reina en mi rostro de perro cojo y me besase de una manera salvaje y apasionada que alternaba la desesperación ansiosa con el arte de la danza de unas lenguas maduras.

Obviamente (a pesar de qué nada es obvio), también, esto le daba a la lamentable escena del amor agonizante y la violencia intrafamiliar, ese perverso matiz de la necrofilia y el juego de las voluntades puestas sobre una mesa de un oscuro y protervo, secreto e inexistente, juego de cartas sentimental.

Se abrazó de mí, tanto con las extremidades superiores como con las inferiores, logrando provocarme la desviada evocación de una fantasía incestuosa en la cual el infante intenta fusionar nuevamente su cuerpecillo con el de su madre, utilizando brazos y piernas para enredar, en una masa homogénea, la aún más grande imagen corporal de la primera mujer desnuda, a su piel.

Y la desnudé lentamente. Cada prenda de su elegante y exótico traje de hembra distinguida, caía al suelo del dormitorio de la casa de su padre (donde solía ir a beber en el verano), seguido, cual un terremoto por su réplica, de una fuerte pero suave bofetada en el rostro, que la hacía desviar mucho más su mirada perdida en el horizonte caliente del sexo que estábamos teniendo.

Llegó un punto en el cual yo sometido bajo su voluptuoso cuerpo, era la fácil víctima de un potente asesino vaginalmente agresivo, y recibía puñetazos y rasguños hasta el clímax de homologar el dolor físico con el profundo horror psicológico que me causaban sus insultos y desvalidaciones morales clasistas.

Entonces, recuperando la consciencia, de alguna manera metafísica que de ningún modo se la atribuyo a Dios (y no sólo por ser ateo sino porque Él jamás estaría en la reencarnación de Sodoma y Gomorra), y percatándome del sometimiento del que estaba siendo presa, la jalé de su largo cabello azulado y la puse, mediante la bruta fuerza que le ejercí, debajo mío. En aquel instante, viéndola rendida y dócil, comencé a utilizar la biológica diferencia de nuestros cuerpos, la que me hace más fuerte que ella, en dominarla y contenerla a mis más lóbregas ansias de parafílias y sadismos. La sodomicé con hilarante furia, disfrutando de manera sublime y espesa sus quejumbrosas letanías anhelantes de que el punzante malestar cesara. Tanto fue, que de alguna manera intuía que cuando eyaculase en sus tripas transgrediendo los paradigmas reproductivos, ella iba a sentir un orgasmo similar al que trata siempre con esfuerzo de alcanzar en una “relación sana”. Y claro!, probablemente fue así.

Una vez cansado y vulnerable, con la respiración acelerada y el corazón palpitando de manera patológica, me puse tendido sobre la cama, con el pecho abierto a sus manos, esperando sereno que quizá cogiese el pequeño Smith & Wesson que había dejado sobre mi velador y me matase con una sed de venganza que chorreara la sábana blanca con el ajado tinto de mi sangre soberbia, sin defenderme, sin hacer ni el más mínimo escándalo. La mejor manera de suicidarme sin que mis padres y mis hermanos se dieran cuenta de mi voluntad de desaparecer de esta mierda de mundo.

Y sin embargo, fuera de mis suicidas expectativas, ella se aferró a mi pecho, abrazándome tierna y melosa, suplicándome que le acariciara la melena, susurrándome lo mucho que me amaba, pidiéndome por favor qué nunca más intentara irme y que mañana, al despertar, quería desayunar huevos con queso.

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