El amor según Londres…

…después de Notting Hill

[ por: Michel Gajardo Caselli ]

¿Es usted una de esas personas que con cierta seguridad definiría Las Vegas como la ciudad del pecado?, ¿a París como el lugar perfecto para enamorarse, Río de Janeiro como la capital del ritmo, o Ámsterdam como el epicentro del placer adulto civilizado? ¿Ha tenido la suerte de estar en alguno de esos lugares para comprobarlo? ¿Sí? ¿No?

Es interesante apreciar cómo en el imaginario colectivo las diferentes ciudades del mundo, con sus formas, historia y elementos distintivos se han instalando como escenarios ideales para determinadas actividades humanas. El cine sin duda, con su capacidad privilegiada para instalar imágenes en el subconsciente del espectador, es quizás uno de los principales responsables a la hora de perpetuar estas percepciones.

¿Cuántos jóvenes no habrán aspirado a unas vacaciones en Tailandia luego de ver por ejemplo La playa (2000) de Danny Boyle, o los inconmensurables cañones americanos de Utah que el mismo director nos presenta en su paradójicamente claustrofóbica 127 horas (2010), convencidos de que lo que encontrarían ahí sería parecido sino igual a lo que se muestra en la pantalla?

En el sentido opuesto, el director británico Ridley Scott reconoce por ejemplo que el arte y espíritu con que intentó vestir las calles de Blade Runner (1982) tiene una fuerte inspiración en la rica diversidad de Osaka, a pesar de que esta película transcurra en un hipotético Los Ángeles de 2019. ¿Habrá visto en la ciudad nipona la conjunción perfecta entre pasado y futuro, tradición y tecnología, necesaria para contar luego una historia de pugna entre animales paridos o fabricados?

Quizás no hay autor contemporáneo más preocupado de integrar las ciudades de manera orgánica a sus narraciones que Woody Allen. Para él sin duda la ciudad es un protagonista más, tan o más importante que el mismísimo elenco.

En las presentes líneas utilizaré uno de sus trabajos, quizás el más apartado en tono y género al resto de su obra: la tragedia romántica Match Point (2005), para en contraste con la ingeniosa Cashback (Sean Ellis, 2006) y la visceral Fish Tank (Andrea Arnold, 2009), todas ambientadas en el Londres actual, reflexionar sobre la relación entre ciudad y una de las actividades humanas favoritas del cine: el amar, sea esta en su expresión romántica, pasional o destructiva.

¿Pero por qué reflexionar sobre amor y ciudad utilizando a Londres como telón de fondo? ¿Por qué no mejor hablar desde París?

¿Por qué utilizar esos tres títulos y no por ejemplo Notting Hill (Roger Michell, 1999) o Four Weddings and a Funeral (Mike Newell, 1994)?

Al igual que el entusiasmo de los primeros tiempos del amor, pienso que los tópicos sobre ciudades plantados en nuestra cabeza están destinados a desaparecer. Al menos a renovarse con el paso del tiempo o a transformarse cuando son contrastados con la realidad. No digo que el amor duradero no exista ni que en cada esquina de Manhattan no salga vapor desde el alcantarillado. No. Me refiero a que, por mucho que nos guste enmarcar la idea de que una guapísima superestrella del cine como Julia Roberts pueda quedar flechada por un bobo dueño de librería como ocurre en Notting Hill, el cine de los últimos años ambientado en Londres nos plantea alternativas mucho más originales que pienso vale la pena revisar.

Viví bastante tiempo en esa ciudad del Reino Unido, a la que aterricé con mucho Hitchcock en la maleta, tanto así que el primer cuervo que escuché en un parque cercano a la estación de Clapham Common relativamente al sur del mapa, no hizo más que preparar mis sentidos para la palabra: ¡acción!

Los íconos como el Big Ben, el Palacio de Westminster o el London Eye estaban y seguirán estando ahí junto a un largo etcétera de postales retratadas hasta el cansancio por el celuloide. Por eso es que intenté ir más allá, acercándome al borde de la escenografía para asomarme y ver qué había detrás. Comencé a descubrir los matices urbanos, las zonas y diferentes barrios (Londres está dividido en anillos concéntricos donde el central, más pequeño, corresponde a la zona 1, rica, comercial y que concentra gran parte de la actividad cultural), también a entender, aunque esto fuera mucho más rápido, que por supuesto no todos los británicos responden al perfil flemático de Michael Caine, Anthony Hopkins o John Hurt. Otro tópico derrocado. Ahí también hay espacio para los chaps, mates, y el fish and chips (lo que en chileno podría equivaler a huachacas, compadres y completos). Esa diversidad de miradas, olores y lugares reales sin duda borraron el implante cinematográfico previo que tenía en mi cerebro sobre la ciudad de Londres. Las tres películas elegidas para esta columna, bajo el tópico de “en búsqueda del amor”, pienso que son una muestra bastante fidedigna de esta diversidad.

El caso de Match Point (Woody Allen, 2005).

Una tragedia de amor y pasión donde para todo lo demás está MasterCard.

Chris Wilton interpretado por el perfumado Jonathan Rhys Meyers, es un joven tenista retirado que por sobre todas las cosas ambiciona el status de riqueza, poder y glamour que nunca tuvo en su humilde infancia. Nola Rice (Scarlett Johnsson) por su parte camina insegura sobre la misma tecla en busca de éxito como actriz en el exigente medio artístico londinense. Bella y sexy como una sirena rápidamente encanta al escalador Chris, y el sentimiento es mutuo. El problema es que ella es la prometida de Tom, el chico rico que le ha abierto de par en par a Chris las puertas del olimpo millonario, primero como su alumno de tenis y luego como su potencial cuñado. Chris ni tonto ni perezoso, dos días antes del fogoso primer encuentro con Nola y en escasos veinte minutos de práctica tenística, había conquistado a la patosa e insufrible Chole (Emily Mortimer), hermana de Tom y por lo tanto coheredera del imperio paterno.

Matchpoint

Lo que está en juego en esta película claramente es por un lado los millones de una vida aburrida pero profundamente anhelada, y por otro la pasión y libertad del “aparente” verdadero amor.

La tesis se plantea en off en la primera escena de la película con la romanza “Una furtiva lágrima” sonando de fondo: para aquellos que no nacieron en cuna de oro, tal como Chris y Nola, solo es cosa de suerte conseguir el ascenso social. Así, como en el tenis cuando la pelota choca contra el borde superior de la malla en la última bola del partido, tu éxito depende de si luego de elevarse ésta, cae muerta de tu lado o del de tu rival.

A lo largo de la película además queda claro algo bastante obvio; para que este momento de suerte suceda hay que estar muy cerca de esa jugada definitiva. Es por eso que quizás tanto Chris como Nola intentan consciente o inconscientemente relacionarse con la clase alta londinense, retratada en las primeras escenas de la película en el elegante y bucólico barrio de Fulham (ubicado a pocos minutos caminando desde la estación de metro Putney Bridge en el límite de la zona 2 y 3 al suroeste de la ciudad).

Sin ánimo de adelantar el desenlace del film puedo decir que visité ese residencial barrio en mi periplo londinense, y si bien es tan idílico y exclusivo como lo presentan en Match Point, también mantiene un tufillo mortuorio reforzado por un cementerio gótico de antología junto a la Iglesia de todos los santos en el Bishop’s Park, que no por nada, fue utilizada como locación en la terrorífica The Omen (Richard Donner, 1976) para escenificar nada menos que la “fortuita” muerte del Padre Brennan atravesado por un pararrayos.

Ahí sin embargo, fue Satán el responsable de tan horrendo hecho. En Match Point es la cobardía y avaricia en su máxima expresión.

El caso de Cashback (Sean Ellis, 2006).

Una extraña comedia romántica sobre lo que está frente a nuestros ojos pero que no vemos.

Tal como en la primera escena de la película de Woody Allen, aquí también comenzamos con una curiosa escena operática. En ella vemos a la bella Suzy (Michelle Ryan) gruñéndole a la cámara en slowmo mientras que en off el joven Ben Willis (Sean Biggerstaff), protagonista de esta historia, resume en un particular  mea culpa el dilema romántico de la película:

Se necesitan aproximadamente 230 kilos para aplastar un cráneo humano. Pero las emociones humanas son algo mucho más delicado. Cuando pienso en la razón de nuestro quiebre, éste parece tan insignificante… Un día me dice que me ama y al siguiente está con alguien más, probablemente diciéndole lo mismo… Terminamos porque piensa que siempre hay algo mejor para ella… ¿es todo mi culpa entonces?…”.

Está claro. Sin saber mucho más uno entiende que estamos frente a un personaje que se percibe mediocre, probablemente ni guapo ni exitoso, pero sin embargo, sensible y reflexivo. Ese es Ben, un estudiante de arte de clase media, que en sus veintipocos vive en una habitación compartida de collage, probablemente cerca de Whitechapel, un barrio obrero de baja reputación que a finales del siglo XIX estaba lleno de burdeles baratos los cuales se hicieron especialmente famosos después de varios crímenes cometidos por el legendario Jack el Destripador. Hoy el barrio sigue siendo de clase obrera y se enmarca dentro de lo que en Londres se conoce como el East End. Una zona en la que curiosamente se mezclan muchos inmigrantes de Bangladesh con sus pequeños comercios y jóvenes aspirantes a artistas como Ben.

La ruptura amorosa entre este joven y Suzy arma en Cashback una trama de madurez típica en donde está presente el eterno dilema existencial tan propio de la primera juventud; ¿quién soy? ¿para dónde voy? ¿quién se supone que debo ser en este mundo?, que sin duda tendría un nulo atractivo para este espectador si no fuera por su ingeniosa y cómica narración.

Desde el quiebre con Suzy, Ben sufre un insomnio propio del realismo mágico en el que sueña con la capacidad de congelar el tiempo. En ese momento de tranquilidad absoluta saca su croquis y literalmente desnuda a chicas guapas anónimas que completamente estáticas por ese extraño superpoder se dejan retratar sin saberlo por el joven pintor. Es el momento en que Ben puede analizar en paz la belleza femenina, y mejor aun, intentar comprenderla.

Londres tiene algo muy curioso de lo que me pude beneficiar. Los productos de los supermercados son repuestos por la noche, y por lo tanto muchos los mantienen abiertos al público las 24 horas del día. Ir de compras a las 3 de la madrugada se transforma entonces en una experiencia tan agradable como psicodélica. No hay filas ni abuelas peleando por el pan. El lugar perfecto para alguien como yo y como Ben, quien en un intento desesperado por no pensar más en Suzy durante sus noches en vela, toma la pragmática decisión de emplearse en un Sainsbury’s (cadena de supermercados local) como reponedor. Ahí conoce a Sharon, una cajera aburrida pero de belleza oculta que tal como Ben busca cumplir sus sueños lejos del micromundo del que se sienten prisioneros.

Aquí a diferencia de la tesis de Match Point, y siendo consecuentes con el status de clase media de sus personajes, la suerte no es la llave para surgir sino el trabajo. Ben por tanto, no desaprovecha ni una sola oportunidad para, rodeado de chicas guapas que hacen sus compras en el supermercado, detener el tiempo y perfeccionar sus aptitudes pictóricas. Aquí es cuando cobra sentido el título de la película, ya que por “cashback” en Inglaterra se entiende el hecho de que en la caja del supermercado te ofrezcan dinero en efectivo (a pesar de que sea tuyo) o en otras palabras “algo más”, al terminar una compra.

Es también interesante una reflexión que hace el personaje respecto a su infancia, el amor y la percepción que podemos tener de la ciudad cuando esta está vacía. Ben recuerda haberse hecho aficionado de pequeño a visitar su escuela los días domingo. Ahí podía sentarse en los patios frente a los edificios y observar su belleza como si estos fueran algo totalmente nuevo, alejados del bullicio cotidiano de los alumnos.

Es interesante también ver cómo el director es capaz de conseguir una narración dinámica de principio a fin haciendo convivir estas reflexiones con una historia de amor que no está basada en el deseo (tal como en Match Point) sino que más bien en la admiración.

El caso de Fish Tank (Andrea Arnold, 2009).

Para las mujeres siempre la culpa es de los malditos hombres.

Las películas escritas y dirigidas por mujeres personalmente siempre me han producido una especial atracción. En este mundo gobernado por la mirada masculina se transforman a mi juicio en un oasis que siempre busco y agradezco como espectador. A los que comparten esta opinión les puedo decir entonces con mucha seguridad que ver Fish Tank es una obligación.

La película comienza con el plano frontal de una adolescente jadeante luego de ejecutar una especie de coreografía hip hop. Esta chica es Mia (Katie Jarvis) quien desde una habitación abandonada de un block de edificios observa desafiante a la ciudad. La escena en sí es una gran metáfora visual de lo que será la película: La lucha solitaria de una adolescente contra el mundo, o en otras palabras, la de un monocromático pez por salir de su agobiante pecera.

Aquí a diferencia de Match Point y Cashback no hay suerte ni trabajo duro que valga. Estamos en una pocilga urbana, olvidada y abandonada, donde el principal referente cultural de la juventud es la fu**ing televisión.

Aquí el amor es una palabra cursi entre tanta realidad. Es una emoción que tiene más que ver con la sublimación sexual que con la construcción de lazos u otro concepto fantasma como lo es por ejemplo la familia.

Whitechapel en contraste con estos bloques podría considerarse el paraíso, los parques bucólicos de Fulham con sus clubes de tenis por el contrario, una obscenidad.

Fish Tank se ubica cerca de carreteras, en el límite noreste entre Londres y su limítrofe Essex, allá por la zona 9. Un suburbio olvidado por el mundo tal como Mia, quien deambula de un lado a otro, orbitando solo por hambre alrededor del minúsculo departamento, también ubicado en un block de edificios, que comparte con su pequeña hermana Tyler (Rebecca Griffiths) y su joven madre Joanne (Kierston Wareing), quien no tiene ningún reparo en decirle a la cara que pensó en abortarla cuando supo que la esperaba.

Todo es una mierda hasta que una mañana Mia es sorprendida imitando el hip hop de la TV por Connor (Michael Fassbender) el nuevo novio de su madre. Las hormonas adolescentes se mezclan con la sensación protectora de una figura masculina y paternal hasta ese entonces desconocidas en ese hogar. Connor con su ángel seductor se transforma de inmediato en la nueva luz en la vida de esas mujeres. Incluso la pequeña Tyler (7) le da muestras de afecto al despedirse esa primera mañana diciéndole

“me caes bien, por eso serás el último al que mate”… 

Me gusta tanto esta película que siento que adelantar más nudos dramáticos, diálogos o  “momentos” es un pecado. Lo único que sí voy a decir es que con su tono realista y visceral es de las tres películas que he comentado, la que a mi juicio mejor retrata el abanico de estados por los que atraviesa el amor. Cuando pienso en este mérito y lo contrasto por ejemplo con los de Notting Hill, se refuerza mi ansiedad por refrescar los imaginarios colectivos que tengo sobre mi propia ciudad.

Es momento de reciclar a príncipes, princesas, sus castillos y sapos encantados. Londres también tiene derecho a hablarnos de otro tipo de amor.


Michel Gajardo Caselli Realizador y guionista chileno especialista en desarrollo de contenidos, amante del misterio, Sci Fi, paseos en bicicleta y la brisa marina. Ha realizado trabajos audiovisuales en Chile, España, Inglaterra y recientemente en India, desempeñando diversas labores creativas, en las que destaca el guión y realización para diferentes formatos y ventanas de exhibición (Al Jazeera Int., BBC Films, Telemadrid, TVN, Vía X, entre otros). Director del corto documental The Thin Line y fundador de Kungan Project, una plataforma de creatividad audiovisual. En su conjunto, los artistas visuales, gráficos, músicos y guionistas, quienes dan forma a esta plataforma, apuestan por el talento, la pasión y el trabajo riguroso sobre las ideas como la piedra angular sobre la cual construir todas sus narraciones.

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