Dossier David Fincher: Los Siete Pecados Capitales

El hombre voraz

[ por: Andrés Daly ]

Nunca podré olvidar sus espaldas ni sus caras de perfil. Yo iba viajando de regreso a mi casa desde el colegio en una destartalada micro amarilla. Esas que volaban por el asfalto antes del Transantiago y nos revolvían adentro –y por dentro- de ellas: camiones torpemente adaptados para transportar a seres humanos. Las que nos distraían con sus stickers, colgantes, graffitis y declaraciones de amor y sexo escritos crudamente sobre sus respaldos de plástico y cuerina barata. Delante de un escolar demasiado delgado y espinilludo (yo) iban dos sujetos conversando a todo volumen. Debían estar cerca de los treinta y dos años de quien escribe ahora con un poquito de rencor entre sus dedos.

Sin quererlo, sin poder borrarlo, retroceder en el tiempo y olvidarlo, lo escuché. No es que los estuviera espiando. Fue porque lo dijeron en una frase tan rápida y sintética que no tuve alternativa. Prácticamente me lo gritaron. La existencia y contenido completo de la caja de cartón que aparece al final de “Los Siete Pecados Capitales” fue lanzada sobre mis oídos, sin anestesia ni piedad alguna. Obviamente, yo no la había visto aún y así, unas semanas después, el final de una película perfecta estaba irremediablemente arruinado para mí. ¡Malditos sean donde quiera que estén!.

William Somerset

This isn’t going to have a happy ending.

“Los Siete Pecados Capitales” (Seven) es una de las primeras películas donde comprendí, rotundamente, por qué un final triste puede ser mucho mejor que uno feliz. Heredera y propositiva sobre un género bello y maldito, “Los Siete Pecados Capitales” es un neo noir brutal, sucio, depravado, violento y perturbador. Cine negro de mediados de los 90’s donde los policías de gabardina y sombrero, como el viejo y solitario William Somerset (Morgan Freeman)  a días de retirarse, ya están cansados de tanta muerte, de archivar crímenes horrendos de motivos banales en una ciudad despiadada que no deja de sacrificar a sus débiles. En “Seven” esta ciudad, como en los buenos film noir, es también un protagonista: nublada y con una lluvia torrencial la gran parte del tiempo, siempre la veremos en un fondo deslavado, oscura, hacinada, mohosa. Llena de ruido. Irremediable desagradable.

A pesar de lo anterior, el novato e impulsivo detective David Mills (Brad Pitt) pide ser transferido a esta anónima metrópolis junto a su esposa Tracy (Gwyneth Paltrow). Asignado a heredar la oficina y el trabajo de Somerset, quedan unidos como compañeros hasta que el viejo Somerset deje –aliviado- su placa en unos pocos días. Pero una racha de brutales crímenes inconexos y sin solución perpetrados por un hombre que firma como John Doe (que se traduce perfectamente como Juan Pérez) no los dejará separarse hasta que ver finalizar el juego del psicópata. Este identifica cada uno de sus crímenes con uno de los pecados capitales y cuando ya quedan sólo tres de siete pecados por encontrar –baños de sangre y mutilaciones incluídas- los detectives necesitan urgentemente, como el espectador que Fincher tiene amarrado a su silla, saber dónde y quién es este casi espectral John Doe. ¿Por qué realiza estos macabros castigos a sus víctimas? ¿es que acaso John Doe no es un hombre? ¿cómo puede alguien ser tan infalible, metódico y desalmado?.

David Mills

Fuckin’ Dante… poetry-writing faggot! Piece of shit, motherfucker!

La verdadera opera prima de Fincher después de su carrera en videoclips –y no Alien 3, una película de 1992 plagada de cesiones del director a los espantados productores de la franquicia- produce escalofríos en algunas secuencias tan perfectamente ejecutadas que, como el asesino John Doe, Fincher planea todo en silencio desde el inicio, haciéndonos participar en un juego macabro con una resolución que se sostiene por si sola. Esta es una de las secuencias más inolvidables del cine de todos los tiempos: el viaje con John Doe al desierto.

William Somerset

David. If you kill him, he will win.

Alejados por primera vez de esa ciudad permanentemente tenebrosa, Fincher nos lleva inteligentemente a la luz, al amarillo crepúsculo del fin, sólo para hundirnos, destruirnos con una decisión imposible en manos de uno de los detectives. El perverso juego de Doe llega a su fin, pero la carrera de Fincher recién se inicia, listo para sorprendernos, golpearnos en la cara, romper nuestras expectativas, como los créditos que van de abajo hacia arriba y no al revés, como se acostumbra, al final de Se7en.

Fincher nos prepara para hacernos vivir una experiencia cinematográfica posterior (Fight Club,The Game, Panic Room, Zodiac) que nos acercará siempre al lado más opaco de nuestra alma.

John Doe

[interrupts] A woman… so ugly on the inside she couldn’t bear to go on living if she couldn’t be beautiful on the outside. A drug dealer, a drug dealing pederast, actually! And let’s not forget the disease-spreading whore! Only in a world this shitty could you even try to say these were innocent people and keep a straight face. But that’s the point. We see a deadly sin on every street corner, in every home, and we tolerate it. We tolerate it because it’s common, it’s trivial. We tolerate it morning, noon, and night. Well, not anymore. I’m setting the example. What I’ve done is going to be puzzled over and studied and followed… forever.

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