Al Pacino estuvo en Malloco

En lo cotidiano está la gracia po

[ por: Marco Quezada ] 

Al Pacino estuvo en Malloco (2012) es el debut narrativo del periodista y profesor de cine Víctor Hugo Ortega (1982).  Compuesto por doce cuentos de variada extensión, este volumen vio la luz gracias al esfuerzo que implica siempre la autoedición. Y es quizás ese esfuerzo el que le permite mantener cierta independencia temática de otros escritores de su generación.

Porque, si hay algo que resalta en todos los cuentos de Ortega, es la posibilidad del refugio, del arraigo, del vientre materno siempre dispuesto a dar cobijo. Y esa posibilidad se puede materializar en la figura de la madre esperando el regreso del hijo en casa, en un topless al que se asiste con frecuencia, y sobre todo en el pueblo, Malloco, que no es Santiago, que no es Buenos Aires, ni siquiera es Tolema. Es Malloco, con sus particularidades y con su identidad, algo demasiado cuestionado en estos días.

Es así como el eje de estos doce cuentos es, finalmente, la relación con el hogar, con lo seguro. Y qué más seguro que la rutina. El ojo de Ortega se fija en lo cotidiano, y desde ese lugar narra. Y lo hace con confianza, porque ninguno de los narradores de estos cuentos, todos relatados desde la primera persona, parece angustiado o temeroso. Y si lo están, es solo una sensación pasajera, que se esfuma al recordar la posibilidad del retorno.

Es el caso de “La noche”, cuando el narrador, a las 3.30 de la madrugada, es sorprendido en una solitaria calle por un extraño transeúnte que le pide un cigarro. Es el caso también de “Hilo marengo”, cuando el narrador se duerme en un basurero del centro de Santiago y, por extrañas circunstancias, despierta al otro día en Buenos Aires. Incluso es el caso de “Ella baila la zorra”, uno de los cuentos más logrados del volumen, en el que el narrador festeja su cumpleaños con un grupo de amigos desconocidos, para luego salir arrancando a una disco en el barrio Bellavista, sumergiéndose entre desconocidos aún más desconocidos. Y esto, porque siempre estuvo la posibilidad de volver al principio, a su cama, cuando lo despertó el celular y recibió la invitación a celebrar. Entonces, hay arraigo. Y si hay arraigo, hay menos temores.

Todos estos antecedentes nos hablan de la energía narrativa que hay en estos cuentos. No hay experimentación, no hay grandes disquisiciones filosóficas ni referencias a antiguos y no tan antiguos maestros. Hay ganas de contar, de mostrar. Y en esto se observa la veta periodística y cinéfila del autor.

Víctor Hugo Ortega es creador y conductor del programa de radio sobre cine «El Mundo sin Brando».

Hay errores, por supuesto. El hecho de que el libro haya sido autoeditado, al parecer, le juega en contra, pues se ve necesaria una edición más profunda de ciertos ripios técnicos, como el abuso de las comas y la exacerbada utilización de frases clichés y demasiado explicativas en algunos pasajes. Es el caso, por ejemplo, del cuento “Ella baila la zorra”, donde la frase “éramos asiduos a ese lugar”, además de estar ya muy usada, se repite dos veces. Es probable que esto se deba a las ganas de contar de Ortega.

Pero lo que no se entiende, es la utilización de cursivas para algunas deformaciones lingüísticas en la conjugación de los verbos que son típicamente chilenas, como tení, podí, queríai, y para otros modismos como hueón, conchesumadre o po no se utilice. El uso de cursiva, en este caso, peca contra la mayor virtud de los cuentos: internar al lector en paisajes cotidianos, mediante un lenguaje también cotidiano. Con las cursivas, esa complicidad desaparece.

Todos estos detalles, que le van quitando dinamismo a una verborrea narrativa que, se entiende, se está afinando, hacen de este volumen una entrega algo irregular, con momentos muy buenos, como el cuento “Ella baila la zorra” (muy buen título por lo demás) o “El constante movimiento”, y otros no tan afortunados.

Sin embargo, el contar desde lugares cotidianos, conocidos por la mayoría, y sin la necesidad de mitificarlos, es una cualidad. No hay personajes que atraviesen por grandes sufrimientos, ni las dudas existenciales de un líder político o de otra índole. No hay tampoco las grandes aventuras de un vividor. Son solo personajes comunes y corrientes, y ese es ya un mérito suficiente para poder contar.

 

 

Al Pacino estuvo en Malloco
 Víctor Hugo Ortega C.
 Autoedición, Santiago, 2012.
 124 páginas
alpacinoestuvoenmalloco@gmail.com

 

_____________________________________________________________________________________________________________

Marco Quezada Sotomayor (1983)

Es Licenciando en Literatura de la Universidad Diego Portales, y Magíster en Literatura por la Universidad de Chile. Actualmente trabaja como ayudante de edición en el área de licitación de Ediciones SM.

 

2 Comments

  • Las críticas siempre son válidas, sobre todo cuando se habla del primer libro de Ortega. Me gustó «Al Pacino estuvo en Malloco». Me parece muy interesante eso de exponer lugares comunes y corrientes, con un lenguaje similar. Muy buen esfuerzo del autor y de seguro el siguiente será mejor…

  • En general encontré curioso el análisis, pero no deja de ser una crítica positiva…

    Y no estoy de acuerdo con la mayoría de los puntos que plantea…claro que soy lectora promedio no más ah y mis parámetros deben ser harto más sencillos, pero me gusta cuando encuentro carácter en la forma de presentar los relatos y cuando percibo segundos o terceros planos en un lenguaje simple…siento que se podría escribir una gran historia de lo cotidiano, deconstruyendo lo cotidiano con frases repetitivas que significan y detallan lo cotidiano…y claro, en eso está la gracia po! en algo estamos de acuerdo…

    En «Al Pacino estuvo en Malloco» se encuentran relatos potentes… y si, existe una impronta y una matriz clara, es que Malloco es genuino referente de eso, pero no vi lo de volver al refugio, sino todo lo contrario, veo arranque y despliegue de historias que en la fortuna y la desgracia no vuelven al mismo punto…jamás.

    siento que la narrativa o la poesía no tienen que ajustarse necesariamente a reglas de puntuación o formas verbales…o acaso esa libertad se la permitimos solo a don Nica, Rodrigo Lira, Roberto Arlt o Kerouac?…

    .. como sea : toda crítica es positiva…a pesar del autor o del crítico …
    y la manía de llevar todo a patrones.

    y bueno, la gramática no es lo mío, eso está claro…

    Lo que definitivamente encontré injusto es haber destacado el asunto de la auto edición como posible justificación de los errores que, según la mirada del crítico, existen en el libro. No sé po, valoro tender a la objetividad sacramental, pero,como hemos sido asiduos a ese lugar y sabemos que se puede ajustar la distancia focal, me incomoda cuando seguimos siendo asiduos a ese lugar.

    aguante la literatura independiente no más!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *